Fiesta de la Transfiguración del Señor – 6 de agosto

Solemnidad 6 de agosto

Por Lic. Cristóbal Flores Borja
Fiesta de la Transfiguración del Señor

La gloria de Dios se dejó ver por un instante

En este año 2021 la Liturgia de la Palabra nos invita a revisar el Evangelio según Marcos 9, 2-10, en donde encontramos el relato de la Transfiguración, te invito a leer en tu Biblia y luego meditemos con la ayuda del Espíritu Santo.

¿Cómo “explicar” Señor este hermoso momento de tu transfiguración?

No existen palabras para acercarnos a este maravilloso acontecimiento, en donde permitiste que la humanidad vea un «rayo de tu divinidad». Sí, un poco, porque si no hubieran muerto todos los que estaban allí, ya que no estaban preparados para toda tu Divinidad.

Tomemos las palabras del Evangelio: “Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo…”.

Qué difícil tratar de describir lo que vieron y experimentaron aquel día Pedro, Santiago y Juan con nuestro Señor en la montaña santa.

¿Cómo expresar aquella belleza, aquella grandeza y hermosura divina de nuestro Salvador?  No, no es poesía ni romanticismo, cuidado te equivocas en pensar eso. Entonces, pidamos ayuda a los mismos que estuvieron en ese momento:

  1. San Pedro

Cuando san Pedro escribía su segunda carta a la comunidad de primeros cristianos, decía: “Porque no fue siguiendo artificiosas fábulas como os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino como quienes han sido testigos oculares de su grandeza y de su majestad. Él recibió de Dios Padre, el honor y la gloria cuando de la magnífica gloria se hizo oír aquella voz que decía: ‘Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas todas mis complacencias’. Y esta voz bajada del cielo la oímos nosotros, los que con Él estábamos en el monte santo” (II Pe. 1, 14-18).

Está claro que Pedro se refiere a la experiencia personal que nuestro Señor les permitió aquel día de la transfiguración y que dejó una huella profundísima en su alma.

Estas palabras, sumamente autorizadas porque son fruto de un testimonio presencial, pueden abrirnos un poco a la realidad del misterio. Solo algo que queda indeleblemente grabado en la conciencia y en el corazón de una persona puede luego recordarse de una manera tan vívida y tan intensa después de muchísimos años.

  1. San Juan.

Ahora veamos lo que san Juan en su primera epístola nos dice: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida –porque la vida se ha manifestado, y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos la vida eterna, la que estaba en el Padre y se nos manifestó—, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que vuestro gozo sea colmado” (1 Jn. 1, 1-4).

Hermanos, al leer estas palabras, todos debemos sentirnos invitados a tratar de entrar personalmente en el misterio de Jesús para hacer una experiencia semejante. Solo en el contacto íntimo y directo con nuestro Señor, en la oración, en la Palabra de Dios y en los Sacramentos, es donde aprendemos a conocerlo y todo esto bajo el Poder y la Unción del Espíritu Santo que nos dará la seguridad que ¡Jesús está vivo! hay que tratarlo y amarlo como a una Persona realmente viva. La Iglesia nos invita que también nosotros podemos ser como los apóstoles.

Lo que escribo a continuación es importante guárdalo en tu corazón, los hechos extraordinarios o milagrosos no son suficientes para mantener viva nuestra fe. En ocasiones pueden ayudarnos, pero la realidad es que a Cristo, a Dios, se le conoce en el diálogo, es decir: en la Palabra de Dios -en la oración – en la Eucaristía.

Pidamos a Dios que realice en nosotros una «transfiguración interior» que nos permita contemplar su divinidad con el fin de conocerle y amarle cada día con más intensidad.

Jesús se les mostró a los discípulos y después les anunció que iba a padecer. En este tiempo, tenemos más que nunca la oportunidad de contemplar al Señor en la Eucaristía, el nuevo monte alto y en donde se nos da a «Jesús» solo luego podremos padecer junto con Él, es decir que nos basta: Jesús solo.

¡Ven Espíritu Santo! Fluye de mi corazón y de nosotros toma absoluta y radical posesión, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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