La Semana Santa-10 al 16 de abril

La Semana Santa

Tiempo único e irrepetible

La cercanía se siente en la profusión de signos y en el ambiente que envuelve estas fiestas centrales de nuestra fe en un aire solemne y recogido. Ha querido la Iglesia Madre, en su solicitud amorosa por la evangelización, iluminar estos días con textos proféticos y con la voz de los Salmos que luego se verán cumplidos en los Evangelios que cada día nos van llevando hacia la Pasión Gloriosa y hacia la Triunfal Resurrección del Señor de la vida, que, “por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo”.

Foto: Colección de Luís Henrique Alves Pinto
10 de abril

10 de abril

DOMINGO DE RAMOS

Conmemoración de la entrada de Jesús a Jerusalén.
La luminosa mañana de abril del año de la Pascua de Jesús es evocada por los evangelistas.
San Mateo, este año, nos ha preparado un pequeño banquete de citas del antiguo testamento, al tiempo que evoca la llegada del Señor a la Ciudad Santa. Por eso une, de modo admirable, a Isaías y a Zacarías para que la Hija de Sion que ambos profetizaron, se vuelva muchedumbre de pequeños, de infantes incluso, que, con sus vocecillas, dan vida al Salmo octavo, y rompen la monotonía de Jerusalén con el carrillón sonoro de sus canciones de fiesta.
El Hosanna que resuena, acompasado con el agitar de palmeras y de ramos de olivo, nos dice hoy que también en el corazón de este mundo frío y racionalizado, hay un lugar para la voz de los últimos que, al menos por un instante, 

rompen su silencio para decirnos que Jesús, cabalgando en su borrico, fue, es y será el que abarca en su bendición cariñosa a cuantos seguimos confiando en la fuerza irrefrenable de la ternura, en el poder del amor, en la avasalladora corriente de la alegría que brota del corazón que siente que, así se dirija a la Muerte, Jesús es la única paz que nadie nos podrá arrebatar. 
Hosanna, Rey nuestro, hosanna no solo en las alturas, sino también en las honduras de nuestro corazón..

14 de abril

14 de abril

Triduo Pascual

Foto: www.elconfidencial.com

JUEVES SANTO

La Cena del Señor centra la meditación. Sin embargo, antes de que entremos a experimentar la vivencia espiritual del misterio de la Institución del Sacerdocio, de la Eucaristía y del mandato del amor, conviene que sepamos porqué esta celebración abre un tiempo único e irrepetible llamado Triduo Pascual.
La primera lectura, tomada del Éxodo, narra la cena pascual judía, como indicándonos que Jesús no quiere que perdamos el sentido de aquella sagrada tradición que es anuncio de la libertad hacia la que caminaron los hijos del pueblo elegido tras haber compartido la vida con los suyos en torno a un cordero inmolado y a un pan ázimo que habría de servir de alimento para el paso a la libertad.
Luego el Salmo 116 es un retrato no solo de la persona adorable de Jesús, sino que sigue recordándonos la cena judía que terminaba con los salmos del 116 (115) al 118. Jesús es “el siervo hijo de la sierva”, y el sacrificio de alabanza es el que Jesús mismo va a ofrecer en la cruz.

San Pablo en la Carta a los Corintios nos inserta de modo admirable en la cena de Jesús, nos relata la institución del Sacramento de la Eucaristía, poniendo en los labios de la Iglesia, más aún en las frágiles manos de sus ministros, el don más grande del amor de Dios: hacerse alimento que salva, que une, que congrega y que da identidad a la comunidad de hermanos que nace del costado abierto del Nuevo Cordero ofrecido por amor en la primera Pascua cristiana, la Pascua de Jesús.
El Evangelio de San Juan es en este día sacramental y luminoso.
Nos lo dice todo, nos lo propone todo, nos lo ordena todo. Por ello nos cuenta San Juan que Jesús se hizo servidor de todos y nos permite ver al Señor de la Historia en la actitud tan urgente y tan necesaria del servicio, para que aprendiéramos la lección que todos necesitamos: servir es amar, servir es propiciar encuentros fraternos que nos garanticen la posibilidad de realizar la vida sirviendo a los demás.

Vivamos pues “aquella santísima cena” cuya memoria solemne celebramos.
En este día donde estemos reunidos, será Jerusalén, será la tarde de la cena, porque todo nos lleva a la institución del Misterio del Amor Sacramentado y a la Inauguración del Sacerdocio con el que Jesús se queda entre nosotros.
La Eucaristía brota de las manos de Jesús como alimento de esperanza que nos convoca por amor. Es la mesa del Reino en la que Dios quiere como comensales a la humanidad entera redimida y rodeando a Jesús, el Hijo amado, que clausura los ritos del antiguo testamento e inaugura un nuevo modo de celebrar la Pascua que ya no será solamente la salida de Egipto sino que será el memorial del Resucitado ofrecido con amor por la Iglesia.
Para que este milagro de amor pueda realizarse, Jesús inaugura un nuevo sacerdocio, confiado ahora a los apóstoles, Él cambia la antigua disposición que le otorgaba este honor a la tribu de Leví, para permitir que de todas las culturas y horizontes, Dios siga llamando a los que Él quiere para hacerlos celebrantes de una serie de maravillas que hoy transformamos en oración. 

15 de abril

15 de abril

Foto: es.wikipedia.org

Comprometámonos a orar para que no le falte al mundo una mano que bendiga, un corazón que alabe a Dios, una mano que sane y, sobre todo, unas personas que, a pesar de sus limitaciones, hagan visible el amor de Jesús por todos y para todos. 
Hay, finalmente una invitación que conecta admirablemente todos los temas del día: el amor, el cual está iluminado con un precedente extraordinario: Dios que es amor nos ha dado en su Hijo la muestra más clara de su bondad infinita. Ese amor modelo compromete a todos los creyentes en una tarea única y es la de transformar la mera solidaridad humana en un acto de profunda caridad iluminada por la fe y por la esperanza.
El gesto del Lavatorio, más que dramatizar un momento de la cena, será también una invitación a una vida más fraterna y más gozosa en la esperanza.
Y al final de esta solemnidad entrañable, nos hará realidad lo que alguien cantó: “aquella noche santa te nos quedaste nuestro”, para que en la silenciosa adoración nos unamos a la Madre de la Esperanza y, delante de su presencia, incluso con ella, que desde
su silencio seguía estos misterios, le pidamos al Señor de la Cena, que vuelva a pedir al Padre lo que “aquella noche santa” brotó de su corazón: “que todos sean uno”, para que el mundo crea.

VIERNES SANTO

En la muerte del Señor
Ante el misterio de la Muerte del Señor nos pide la Iglesia un respetuoso y devoto silencio que la Liturgia propone como pre ámbulo a la escucha de la Pasión que San Juan nos contó, que la carta a los Hebreos interpretó, que el Salmo cantó, que Isaías profetizó.
Pero debemos, en la fe y en la gratitud, volar hasta el costado abierto del Señor, ir a la fuente de la vida y de la esperanza y subir al monte donde se consuma el sacrificio de Pascua que ya no es un cordero si no el Cordero Jesús.
En la cima del calvario se han citado el amor de Dios y la sed de vida de la humanidad. Jesús hizo de su sacrificio pascual la donación más perfecta de su propia vida, el despojo total y desgarrador de su cuerpo inmolado, la plena entrega que, en las manos del Padre es, al mismo tiempo, la salvación del mundo, la reconciliación de la  humanidad con Dios, el perdón de las culpas del mundo, el regalo de la vida nueva que el mundo necesita, la apertura de una fuente de paz y de esperanza que, al brotar del costado abierto del Señor, derrama sobre el mundo la alegría y la concordia, la luz y el consuelo, la bendición y el amor más vivo y más fiel.
Sometido por los poderes humanos -o inhumanos, mejor- de los que se creían poseedores de la verdad y del poder, Jesús entiende que su muerte es la llave santa que abre la puerta de la misericordia, que su sacrificio permite que, atravesando su costado abierto, toda la humanidad descubra que Dios es amor y es paz, que la cruz es el puente que une la indiferencia humana con la constancia amorosa con la que Dios nos espera a todos y nos ofrece vida que brota de las cinco puertas que se han abierto en el cuerpo desecho de su Hijo, para que por ellas lleguen al mundo la vida, la alegría, la paz, la reconciliación, el perdón.
La Celebración de la Muerte de Jesús nos conducirá luego a una oración solemne por toda la Iglesia, inspirada en la misericordia.

Pediremos por todos, por los que ahora la integran, por los que Dios ama, por los que, aún sin conocer este amor inmenso, son cobijados por la plegaria de los discípulos de Jesús, que quieren suplicar desde el corazón por las esperanzas y desvelos de la humanidad entera.
Hay tanta sed de justicia, de paz, de vida en el mundo. Hay tantos corazones necesitados de curación profunda, hay tantas pasiones vividas del modo más cruel por inocentes seguidores de Jesús crucificados por la fuerza del desamor. Por todos oramos con fe.
Luego, en este clima de oración, la Cruz recoge en sus brazos una alabanza llena de belleza y de gratitud. Jesús nos preguntará “¿pueblo mío, qué te he hecho?” y la Iglesia le responderá “…cantando la nobleza de esta guerra” en la que la muerte fue vencida por el que la somete con su muerte gloriosa y con su victoria pascual.
La Comunión Sacramental nos dirá que Jesús vive eternamente y que, incluso en la tarde de su muerte gloriosa, quiere nutrir la esperanza de su pueblo con el Pan de la vida.
Finalmente un silencio solemne cierra la celebración de esta tarde y la asamblea, orante y callada, se recoge en la intimidad del corazón para acompañar a María, la que se hace madre y maestra de los discípulos, para aguardar la aurora de la pascua que bañará de luz la cruz y llenará de luz el corazón.

No me mueve, mi Dios, para quererte
el Cielo que me tienes prometido
ni me mueve el Infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor.
Muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévanme tus afrentas, y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera Cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera Infierno, te temiera.

16 de abril

16 de abril

SÁBADOD E GLORIA

Esperanza y resurreción
“Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su madre, María de Cleofás, María la Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al lado al discípulo predilecto dice a su Madre: —Mujer: Ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: — ahí tienes a tu Madre. Y desde aquel momento el discípulo la acogió en su casa” Juan. 19, 25-27.
Hay una invitación solemne y simple a la vez en el pensamiento de la Iglesia para este día: Entrar en el silencio de la oración para que, acompañados por la Madre de Jesús, pasemos las horas que nos separan de la Vigilia Pascual en contemplación.
Concretemos el motivo mariano de este día, en que la única celebración la constituye la Liturgia de las Horas, toda ella en silenciosa alabanza y en piadosa esperanza, y en ese contexto, miremos a María y recordemos que el hombre de hoy recibe desde el Calvario el regalo de una Madre. En el testamento del Redentor hay un espacio para la ternura y para la bondad, se abre una puerta de esperanza y, desde su patíbulo, Cristo se desprende del amor de su vida para que no le falten al hombre el afecto y la comprensión que solo las Madres saben ofrecer.

Foto: www.pinterest.com.mx

Siempre estará unida la Madre al Hijo, siempre sabremos que la Madre nos conduce al Hijo y nos sigue exhortando a “hacer lo que Él diga” para que se siga realizando el Reino, la vida, la esperanza, la presencia del Señor.
María es la Señora de la oración abandonada en la misericordia de Dios, es la alegría de vivir en amor y paz, es la mano bondadosa que sanaba y consolaba a los mártires de la fe, a los testigos elegidos y escogidos por el Señor para el sacrificio y la gloria.
En función de ese oficio maternal, Ella es elegida desde toda la eternidad, y por eso es llamada Llena de Gracia para que desde siempre se admirara en Ella la predilección de Dios, el amor del Padre que quiere ofrecernos lo mejor de su amor para que aprendamos a vivir en correspondencia a esa misericordia.
María construye paz. La madre del Mesías, Príncipe de la Paz es un testigo de excepcional de la obra pacificadora de Cristo.
Lo acompañó siempre. Lo acogió en su seno, lo dio a luz, lo amo con ternura.

Pascua del Señor
La Iglesia exulta de gozo porque su Señor, el Dios de la vida y de la esperanza, viene victorioso y ha triunfado. Por abrimos la celebración en una noche de gloria y de esperanza anunciando con la Iglesia que el Señor es la luz y la alegría de cuantos le reconocemos como Dios y Señor.
En efecto, la luz que abre esta celebración, no sólo nos ubica en el tiempo, como lo indican las cifras grabadas en el Cirio Pascual, sino que nos recuerda que esta noche esperada y preparada con el camino de la Cuaresma nos permite entrar en la alegría del que, venciendo las tinieblas de la muerte brilla sereno por toda la eternidad, tal como se canta en el Pregón pascual.
Luego, como para que no se olvide la historia de esperanza y de vida, se nos ha proclamado la fidelidad del amor de Dios que, desde la Creación, nos ha destinado para que gocemos en esta noche de los frutos de la victoria de Cristo sobre la muerte y de su triunfo luminoso sobre el pecado que destruye, sobre la violencia que hiere, sobre la fuerza del mal vencida por la inmolación del Cordero Pascual.
Los discípulos de Jesús, temerosos, sumidos en el dolor, no alcanzaban a dimensionar la grandeza de la noticia que una mujer, santa María Magdalena, Apóstol de los Apóstoles, les transmitió tras experimentar, con sus amigas fieles, la alegría de ver al Señor de la Gloria.
Con ellas corremos presurosos a anunciar que Jesús vive. Que la muerte ha perdido definitivamente su batalla y que Cristo surge victorioso del Sepulcro.
Esta noticia debe ir velozmente hasta el corazón de todos, para que la humanidad también se levante de las sombras de la muerte y empiece nuevamente su camino de la mano del Resucitado que la llena de luz y de esperanza.
Como dice san Pablo, “somos uno en Cristo” , y por eso el triunfo del Señor es también el triunfo de toda la Iglesia que celebra el paso de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida. Hoy necesitamos este anuncio jubiloso para un mundo que vacila, duda, sufre.

San Pablo, anunciando la Resurrección a los Romanos, les decía que “Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más. La muerte ya no tiene dominio alguno sobre Él. Porque el morir por el pecado fue sólo de una vez para siempre; pero el vivir ahora, resucitado, es un vivir eterno, para Dios, como Dios” La Pascua debe traer a todos una luz de esperanza. Debe ayudarnos a sanar en lo más hondo del corazón de nuestros hermanos aquellas heridas que el odio deja, debe impulsarnos para que construyamos la paz.
La fiesta de Pascua, con su gozo bautismal, debe recordarnos también que hemos sido ungidos por la gracia del Espíritu para ir al mundo a llevar la noticia de la esperanza, para señalarle a la humanidad el camino que Jesús recorrió, pasando incluso por el drama de la muerte, para reconstruir y restaurar el corazón de los que el pecado había herido de muerte.
Es fiesta de humanidad celebrada en medio de un mundo que debe seguir buscando la presencia del Señor, que debe encontrar en los creyentes unos testigos convincentes del amor que se hace vida, de la vida que se hace paz, de la paz que es reconciliación, de la reconciliación que transforma la historia en camino de gozo y de paz.
Al saludar al Señor de la Gloria, proclamemos con la Virgen gozosa de la Pascua que Cristo ha vencido la muerte y que nosotros, felizmente restaurados por el amor de Dios, hemos de ser testigos de la verdad y de la paz para todos.
Si nuestro Señor ha vencido la muerte, quienes lo proclamamos en esta noche como luz y vida, hemos de emprender ahora también el camino del testimonio para anunciarle al mundo, oprimido y destrozado por tantas amenazas, que es preciso abrirle el corazón al que viene a traernos esperanza y vida.

La Resurrección es el centro de nuestra fe y el alma de nuestro testimonio. Ya no le pertenecemos a la muerte: Cristo Resucitado ha roto las cadenas que nos ataban al reino de las tinieblas y nos ha enseñado a estar cerca de cada ser humano que necesita vida, luz, alegría.

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Por María y la evangelización

Abramos nuestro corazón