¡Madre de Dios y madre nuestra!

Virgen María

¡Madre de Dios y madre nuestra!

Acabamos un año lleno
de hechos providenciales, de bendiciones y cruces; ahora como buenos cristianos estamos llenos de esperanzas, no “en 365 días sucesivos” de este año nuevo y distinto; si no en lo que Dios y la Iglesia nos invitan a aferrarnos y confiar para que comencemos desde el primer día así: ¡“Madre de Dios y madre nuestra”!
Cuando el artista estadounidense James McNeill

Whistler hizo el retrato de su madre, ¿acaso no tenía la imagen de ella en su mente antes de reunir los 11 colores en su paleta? Si usted hubiera podido preexistir a su madre (no artísticamente, sino realmente), ¿no hubiera hecho de ella la mujer más perfecta que jamás haya existido, tan hermosa, que hubiera sido la dulce envidia de todas las mujeres, tan gentil y misericordiosa que las demás madres se hubieran esforzado en imitar sus virtudes? ¿Por qué, entonces, hemos de pensar que Dios procederá de otra forma? Cuando Whistler fue felicitado respondió: “Ustedes saben cómo sucede en esto, uno procura hacer a su madrecita lo más hermosa que puede”. Cuando Dios se hizo Hombre, creo que también Él procuraría hacer a su Madre lo más hermosa que le fuera posible… y que la haría una Madre Perfecta.

Recordemos primero las palabras proféticas de David: “en los esplendores de los santos, de vientre, antes del lucero te engendré ¿nos dan a entender que el Dios y Padre del universo había de engendrarlo de antiguo y a través de vientre humano? Jesús es el Hijo de Dios engendrado eternamente por el Padre y engendrado temporal y virginalmente por María. Así pues, Dios quien se dice nacer de la Virgen, equivalentemente a la Virgen se le da por madre de Dios.

La Epistula Apostolorum pone en labios de Jesús estas palabras dirigidas a los Apóstoles: 

“Entonces aparecí a María en figura del arcángel Gabriel, y hablé con ella, y su corazón me recibió, y creyó y se rio, y yo, el Verbo, entré en ella y me hice carne, y Yo mismo fui ministro de mí mismo”. 

Los Oracula Sibyllina son aún más explícitos en relación con la maternidad divina de María:

En la plenitud de los tiempos salió del seno de María Dios en forma de niño, como luz para iluminar al mundo; y el que procedía del Cielo, no rehusó la forma de hombre. Entonces habló a la Virgen la voz del celeste mensajero: “Recibe ¡oh llena de gracia!, a Dios en tu seno virginal. Tomó, pues, ánimo; y el Logos, concebido en humildad, se hizo carne en el tiempo, y en el seno de la Madre fue madurando en forma de hombre y llegó a ser un niño”. 

Dice el “Doctor Angélico”, Santo Tomás de Aquino: “Síguese que se puede decir con toda razón que Dios ha sido concebido y ha nacido de la Virgen, pues las mujeres se dicen madres de aquel a quien han concebido y dan a luz. Puede, por lo tanto, la Santísima Virgen ser llamada Madre de Dios”.

O como lo dijo San Cirilo contra un hereje: “El alma del hombre nace con su cuerpo y son consideradas una sola, hasta el punto de que si alguien quisiese decir que es madre del cuerpo y no del alma, diría necedades. Lo mismo ocurrió en Cristo. El Verbo nació de la sustancia del Padre; pero como recibió nuestra carne, es necesario decir que, en cuanto a ésta, nació de una mujer. Hay que afirmar, por lo tanto, que la Santísima Virgen se llama Madre de Dios no porque sea Madre de la divinidad, sino porque es Madre de la humanidad de una persona que disfruta de la humanidad y de la divinidad”.

Pongamos todo en manos de Ella, todo lo que somos y tenemos en este año que comienza, así como Dios confió todo en Ella al darle a su propio Hijo, y digamos siempre como nos enseñó el Papa “Magno” S. Juan Pablo II:

¡Todo tuyo María!

(Totus tuus)

 

“Virgen, Madre de mi Dios.

¡Haz que sea todo tuyo!

Tuyo en la vida, tuyo en la muerte;

tuyo en el sufrimiento, tuyo en el miedo y en la miseria;

tuyo en la cruz y en el doloroso desconsuelo;

tuyo en el tiempo y en la eternidad.

Virgen, Madre de mi Dios, ¡Haz que sea todo tuyo!”.

Amén.

P. Juan Alcaraz, V.E.

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