María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia – 6 de junio

María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia

Nos conviene considerar su lugar en el Misterio de la Iglesia.
“Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor […] más aún, “es verdaderamente la Madre de los miembros (de Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza” (LG 53; cf. San Agustín, De sancta virginitate 6, 6)””. “María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia” (Pablo VI, Discurso a los padres conciliares al concluir la tercera sesión del Concilio Ecuménico, 21 de noviembre de 1964). A modo de introducción de la doctrina mariana, es bueno caer en cuenta de cuál es el lugar en el que el catecismo habla de María. Ha habido dos momentos dentro del catecismo donde se ha hablado de María: en el Misterio de Cristo y del Espíritu, y ahora, a propósito de la Iglesia vuelve a hablar de la Virgen María.
En el Concilio Vaticano II hubo una duda sobre cómo tratar, o qué lugar reservar dentro de los documentos, para la Virgen María. Había una parte de los padres del Concilio que pensaban que se debía de hacer un documento expreso y específico para la Virgen María, especialmente los obispos del mundo hispano. Mientras que otra parte de los obispos, especialmente de los países que tenían que vivir con el ecumenismo –anglosajones-, estaban con que se debía de integrar a la Virgen María dentro de la Constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia.
Lo cierto que los documentos que se aprobaron en el Concilio Vaticano II se aprobaron con una amplísima mayoría. Pero finalmente decidieron tratar el tema de María –por muy pocos votos – dentro de la constitución de la Iglesia- Y se reservó, dentro de la constitución Lumen Gentium, el capítulo número 8 para tratar el tema de la Virgen María. Pero al paso del tiempo y la experiencia ha demostrado que el Señor sabe hacer bien las cosas, y que esa forma de hablar de María, integrada plenamente dentro del Dogma católico, en nuestra fe en Jesucristo, integrada sobre el Espíritu Santo, y también en la fe de la Iglesia. Esa forma de hablar de María la ensalza mucho más. De esta forma, María, adquiere un puesto más principal: se destaca más a María cuando se la une más a Cristo, cuando se la une más al Espíritu Santo.

Por eso, el catecismo, siguiendo ese mismo estilo del Concilia Vaticano II, va tratando de María en distintos momentos en el catecismo: cuando se habló de Jesucristo, cuando se habló del Espíritu Santo, y ahora cuando habla de la Iglesia. Esta es la mejor respuesta que podemos dar a aquellos que nos acusan de que hemos hecho de la devoción María algo ajeno al evangelio, o que no se integra en la fe de la Iglesia primitiva… Por otra parte esto engarza con la mejor tradición de la Iglesia Católica, en la que los mejores “santos marianos”, como san Luis Gruñón de Monfort, san Maximiano Kolbe… que han tenido una devoción a María muy engarzada con esa fe Cristocéntrica, y con esa visión de la espiritualidad movida por el Espíritu Santo. San Maximiano Kolbe dice que “María es el molde donde el Espíritu Santo formó a Jesucristo. Esta imagen une perfectamente a María con toda la Cristología y con toda la fe en el Espíritu Santo.
María es el alma más dócil al Espíritu Santo, la “perfecta esposa del Espíritu Santo”. Ella es la “madre de la Iglesia”, cuando fue encomendada al pie de la cruz a todos sus discípulos: “ Si fue madre de la cabeza, es también madre de ese cuerpo místico de Cristo. San Luis María Griñón de Monfort, dice: “una de las razones por las que pocas almas llegan a la plenitud de la santidad, es porque María no está suficientemente presente en nuestra vida… El que desea tener el fruto maduro debe tener el árbol del que procede el fruto: “si Cristo es el fruto de la vida, María es el árbol de la vida”.
El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. “Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte” (LG 57). Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión:
“La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba amorosamente su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima que Ella había engendrado. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz,

la dio como madre al discípulo con estas palabras:
“Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26-27)» (LG 58). Es la forma de explicar a María como la que está totalmente unida a su hijo; el hecho de que se presente a María como a “dando a luz a la Iglesia” al pie de la cruz, tiene un profundo sentido de co-redención. Lo propio de una madre, en su amor carnal, es evitar que su hijo sufra, ese es el instinto natural a una madre. Sin embargo es mayor el amor espiritual, el amor en Dios, que tiene María hacia su Hijo que el amor carnal, y por eso María no disuade a su hijo de su entrega a la cruz. Con su presencia, Jesús encuentra un auténtico aliciente que le estimula a la fidelidad en el camino de la cruz. Es María la que acompaña a Jesús en el camino de la cruz. Cada vez que Jesús mira María desde la cruz, es como si escuchase el “¡Hágase!”. Jesús aprendió de María a decir: “hágase”.
En la divinidad, Jesús, desde toda la eternidad ha dicho “hágase”; pero como hombre lo aprendió de María.
Cuando leemos el evangelio vemos que Jesús, como Hijo de Dios que era, tenía esa iluminación interior propia de su condición divina.
Pero también hay que decir de Jesús, que algunas de las cosas que nos enseña en el evangelio las aprendió del modelo de María y de José.
Hay una anécdota en uno de los viajes del papa Juan Pablo II donde le preguntaron: “Santidad ¿Por qué es Usted tan mariano, y en su escudo tiene lo de “Totus tuus” a María…?
A lo que el papa respondió: por motivos Cristológicos.
Esos motivos que dice el papa son: Si Dios quiso que Cristo viniese al mundo por medio de María, también será María, el medio por el que Cristo quiera venir al mundo hoy. Si Dios quiere que seamos “hijos en el Hijo”, que estemos injertados en Jesucristo, también querrá servirse del mismo medio que entonces.
Después de la Ascensión de su Hijo, María “estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones” (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, “María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra” (LG 59).
Si el Señor le dijo a Juan: “ahí tienes a tu madre, ahí tienes a tu hijo…”,

y dice el evangelio: “desde aquel momento Juan la recibió en su casa”.
María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra. María ejerce una función eminentemente contemplativa, como un pararrayos que atrae el Espíritu para la primitiva Iglesia. Eso lo podemos intuir en el cenáculo el día de Pentecostés.
Pero lo hermoso no es que lo atrae hacia ella, sino para todos.
Algunos santos padres describen a María como “el jardín de Dios, donde se complace en pasear”. Por eso la primera función de María es esta: atraer al Espíritu Santo sobre la Iglesia. Es Espíritu Santo se goza de estar en la Iglesia, porque en ella esta María.
Otro aspecto de lo que hizo María en aquellos años, y con toda certeza participaría en la Eucaristía desde el primer domingo, y María también comulgaba, y recibía a su Hijo Jesucristo.
¿Con qué unión lo recibía…? Es una Gracia que tenemos que pedir a María: que cuando recibamos la eucaristía la recibamos con esa unión sacramental con Jesucristo como ella la pudo tener. María comulgaba “el cuerpo y la sangre” del que había sido engendrado en su seno. Que impresionante ese misterio de unión. Es por lo que María también es modelo en la recepción de los sacramentos, entre nosotros.
Plenamente integrada en la vida de la Iglesia consolando a los Apóstoles en medio de las persecuciones que estaban teniendo. En medio de las incomprensiones, en medio de los rechazos, la primitiva comunidad encontraría, sin duda, en María un gran consuelo.
María es un modelo ejemplar, para nosotros.
Se habla de “modelo ejemplar y de modelo eficiente”. Lo dice San Luis María Griñón de Monfort. Como modelo ejemplar vemos en ella, la forma más exquisita de realización de lo que Dios nos pide a todos nosotros. María es modelo ejemplar: Ella es la que acoge plenamente la palabra de Dios y la hace fecunda.
Como modelo eficiente: Ella interviene maternalmente, intercede ante Dios, ejerce esa función maternal, para que también nosotros nos dispongamos a acoger a Jesús.

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