Místicos de “a pie”

Místicos de “a pie”

En este orden, ¿Cuánta falta nos hace a los hombres posmodernos inclinarnos ante la presencia de un crío y,
en sus lloros y muecas, permitir que renazca (eso de “volver a nacer”), en cada uno,
el ser sensibles, arrobados, extasiados… impelidos, dentro o fuera de sí,
al Misterio Inefable, o bien Sustrato Profundo, que nos posibilita el estar vivos?

A los nacidos y no-nacidos, de toda edad y tiempo… (Esto es para quienes suelen decir: “Nosotros somos de otro tiempo”).
“Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, la que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y verdad” (Juan 1, 14).
“¿Cómo puede un hombre volver a nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el vientre de su madre y volver a nacer?” (Juan 3, 4).
A una humanidad decadente, en todo tiempo, le urge aquello de: “volver a nacer”.
En las intenciones de la Red Mundial de Oración del Papa para este año 2021, el mes de diciembre está dedicado a orar por los catequistas, los primeros responsables del Kerigma: “Recemos por los catequistas, llamados a proclamar la Palabra de Dios: para que sean testigos de ella con valentía, creatividad y con la fuerza del Espíritu Santo”. Parodiando un tanto el texto de Romanos 10, 14-15:
¿Cómo van a creer (esto es que se suscite el nacimiento del Verbo, de la Palabra de Dios, en cada hombre), si no hay catequistas? ¿Y cómo habrá catequistas si no hay convocación (llamado) y envío?
A la expectativa, pues, para los cristianos -al menos católicos-, de otra Navidad. Y los hombres legislando, no sobre la tutela de la vida, sino sobre la tutela de la muerte. Pero en esto, por desconcertante que parezca, se manifiesta en nosotros nuestra hambre de inmortalidad, la que es calmada, en parte, arrebatando, o mejor en palabras reiteradas del Papa Francisco, descartando vidas (cultura del descarte).
En este orden, ¿Cuánta falta nos hace a los hombres posmodernos inclinarnos ante la presencia de un crío y, en sus lloros y muecas, permitir que renazca (eso de “volver a nacer”), en cada uno, el ser sensibles, arrobados, extasiados… impelidos, dentro o fuera de sí, al Misterio Inefable, o bien Sustrato Profundo, que nos posibilita el estar vivos?
Hasta los criminales (algunos), en sus críos, vislumbran la posibilidad de enmendar sus vidas; un borrón y cuenta nueva; un cambio de rumbo, de ruta, de camino. Cabría preguntarse al respecto: ¿Quiénes han fungido para ellos de guías (catequistas) en sus vidas?

En cada crío, pues, está el renacer (“volver a nacer”) de la humanidad. ¿Cuántas posibilidades contenidas en una carne indefensa, desnuda? Así en frase de cierto autor: “En cada niño nace la humanidad”. Otrora, el orante del Salmo 8, impelido dentro o fuera de sí, sabrá Dios, lo expresó como sigue, en una tonalidad quizá más sublime:

Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra.

Tu majestad se eleva por encima de los cielos.
Con la alabanza de los niños y pequeños,
erigiste una fortaleza frente a tus adversarios
para reducir al silencio al enemigo y al vengativo.

Cuando contemplo el cielo,
obra de tus dedos,

la luna y las estrellas que has creado.
Qué es el hombre para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder.
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies.
Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
y cuanto surca los senderos de las aguas.
Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra.

O bien en otra expresividad de la fe, que hizo escuela y contó también con sus maestros y discípulos, en una onda contemplativa más imaginativa, subsidiaria de la mística renana y carmelitana, absorta en estados y misterios; gustemos entonces esta de san Juan Eudes (1601-1680), en línea, por lo demás, con este verso del himno litúrgico de las II Vísperas de la Solemnidad de la Natividad del Señor. “Te diré mi amor, Rey mío, con una mirada suave, te lo diré contemplando tu cuerpo que en pajas yace”. No obstante, nosotros estemos urgidos a vivir en otra onda contemplativa, por decirlo así, más de carne y hueso, una mística de “A pie”, una mística de la calle.

Para la noche de Navidad
“Jesús, amor mío, te contemplo cautivo en las purísimas entrañas de tu santa Madre, pero mucho más en los lazos sagrados de tu divino amor. ¡Oh, amor, que cautivas a Jesús en María y a María en Jesús! Cautiva mi corazón, mi espíritu, mis pensamientos, mis deseos y afectos en Jesús, y establece a Jesús en mí, para que yo me llene de él, y él viva y reine en mí cumplidamente. Te amo, Jesús bueno, en el amor que te ha reducido a este estado. Que también yo sea cautivado por ti en este divino amor.
¡Oh, abismo de amor! Al contemplarte en las sagradas entrañas de tu santa madre te veo como perdido y sumergido en el océano de tu divino amor. Haz que yo también me pierda y me hunda contigo en el mismo amor.
Jesús, ternura de mi amor, que yo te ame con todo el amor con que fuiste amado, durante los nueve meses de tu cautiverio en el seno maternal, por tu Padre eterno, por tu santo Espíritu, por tu santa Madre, por san José, por san Gabriel, por todos los ángeles, los santos y las santas, que han tenido parte en este misterio de amor”.
(Oremos con san Juan Eudes, págs. 111-112)
Cerramos con esta petición:
Señor, concéde(nos)me ese de “volver a nacer”; si es posible “entrar de nuevo en el vientre materno y volver a nacer”.
Yapa: Para gustos… los colores. Les deseamos entonces una Navidad bien colorida.

P. Óscar Tulio Londoño, cjm

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