Los padres de María-26 de Julio

Memoria 26 de julio

Santos Joaquín y Ana

Los padres de María

Ana, oriunda de Belén, era hija de Matán y de Emerenciana. Se casó a los 24 años con un propietario rural muy rico, de origen galileo, llamado Joaquín con quien vivió en Nazaret. Ambos pertenecían a la tribu de Judá. Joaquín significa el hombre
a quien Dios levanta, y, según san Epifanio, “preparación del Señor”. Según esta tradición, los parientes del Señor, aunque pertenecientes a la dinastía davídica, fueron considerados como sacerdotes. Llevaban ya veinte años de matrimonio y el hijo tan ansiado no llegaba.
Los hebreos veían la esterilidad como un oprobio y un castigo del cielo. Los matrimonios que no tenían hijos eran menospreciados y en la calle se les negaba el saludo. Joaquín y Ana eran despreciados por no haber engendrado hijos, pues la esterilidad es causada (se pensaba) por algún pecado oculto. 

Foto: Arquidiócesis de El Salvador

En el Templo, Joaquín oía murmurar sobre ellos, como indignos de entrar en la casa de Dios. En algunas representaciones antiguas se ve al Sumo Sacerdote que riñe con el gesto a san Joaquín, esposo de santa Ana, quien, sumiso y resignado, parece decir: “No puede ser, no he podido tener hijos”.
Por todo ello, Joaquín se retira al desierto para obtener con penitencias y oraciones la ansiada paternidad, ayuna cuarenta días y un ángel le anuncia el nacimiento de su hija. Según el Protoevangelio de Santiago, Joaquín, el padre de María, fue propietario de rebaños de ovejas, que se guardaban junto a la piscina probática. Estos animales eran lavados en dicha piscina antes de ser ofrecidos en el Templo.
Ana lloraba desconsolada. En su dolor y oración, recuerda a la otra Ana de las Escrituras, de la que habla el Libro Primero de Samuel (1Sam 1-2): “Habiendo orado tanto al Señor, fue escuchada, y así llegó su hijo Samuel, quien más tarde sería un gran profeta. Un ángel se le aparece a Joaquín y les anuncia
el nacimiento de una hija de bendición. Vieron así premiada su constante oración con el nacimiento de una hija singular, María, concebida sin pecado original, y predestinada a ser la madre de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado.

Al igual que pasó con Sara, la mujer de Abraham, Dios por medio de Joaquín hace fecunda a Ana, en su ancianidad, y nace una niña a la que dan el nombre de María.

Y, al igual que pasó con Sara, la mujer de Abraham, Dios por medio de Joaquín hace fecunda a Ana, en su ancianidad, y nace una niña a la que dan el nombre de María. El nombre de Miryam, en hebreo, o Mariam, en arameo, o la forma elegante de Mariamme de la familia de Herodes, fue transformado en el griego a María. Quizás la imposición de este nombre a la Virgen tenga algo que ver con María, la hermana de Moisés, una figura profética, que prefigura a María, ya que la Madre del Salvador participó en la obra salvadora de su Hijo.
Llegado el tiempo, cuando había cumplido tres años según la promesa hecha, sus padres llevaron a María al Templo de Jerusalén para ser criada con las otras vírgenes y santas viudas que moraban en las habitaciones contiguas al Santuario. Allí se dedicarían a las labores, oraciones y demás servicios de Dios.
Se cree que en ese tiempo, Joaquín y Ana decidieron ir a vivir a Jerusalén, para poder visitar a la niña frecuentemente. Joaquín murió a los 80 años y Ana a los 79.
La liturgia de la Iglesia ha celebrado estos acontecimientos con dos fiestas: La Inmaculada Concepción y la Natividad de María. Según la norma antigua: “Como se reza, se cree” (Lex orandi, lex credendi), se puede decir que la primitiva comunidad cristiana fue siempre consciente de la realidad especial de María, y lo celebró en el culto que la dio.

Recopilación: P. Mario Reyes Suárez. Parroquia “Santa Ana” Guayaquil.

Biografía: “La Virgen María en Jerusalén” Fray Artemio Vítores González, OFM.

Un comentario en «Los padres de María-26 de Julio»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tu Aportación es Importante

Por María y la evangelización

Abramos nuestro corazón