Memorias

Santo Tomás Apóstol – Memoria, 3 de julio

“Señor mío y Dios mío!”

El apóstol Santo Tomás nos recuerda que la Iglesia es apostólica. Así lo confesamos en el Cre-do o profesión de Fe. En el nuevo pueblo de Dios los Apóstoles son las columnas sobre las que se va construyendo la Iglesia “el templo consagrado al Señor”, “la morada de Dios”.

Imagen: Parroquia de Cristo Rey

Todos, como dice bellamente el Apóstol, “entramos en la construc-ción” de ese templo; todos hemos recibido la misión de anunciar el Evangelio a todas las nacio-nes, pero cada uno tiene su función en la cons-trucción de ese edificio que se va levantando a lo largo de los siglos: la Iglesia de Dios. Edificamos sobre lo ya edificado: no hay verdadera construc-ción de la Iglesia al margen de lo ya edificado. El edificio crece sobre la misma fe de los Apóstoles, sobre la Comunión Eucarística que nos hace par-te del único Cuerpo de Cristo.
Santo Tomás es el Apóstol que por un poco de tiempo sucumbió a la duda. Quiso, exigió, ver para poder creer; no le bastó la palabra del Maestro a cuyos pies había aprendido una doctrina única; ni le fueron sufi-cientes los milagros de los que había sido testigo; ni la declaración de los hermanos que le decían, alborozados, en la tarde del gran día de la Resu-rrección: “¡Hemos visto al Señor!”. Tomás quiere ver, tocar, experimentar, asegurarse. Busca cer-tezas humanas más allá de la palabra veraz del Maestro. No recuerda lo que Jesús dijo categóricamente de sí mismo: “ Yo soy el camino, la ver-dad y la vida”. Ha olvidado su inequívoca afirma-ción: “Las palabras que os he dicho son espíritu y vida”. Tampoco trae memoria de la respuesta de Pedro a la pregunta de Jesús ante la deserción de muchos de sus discípulos tras la multiplicación de los panes y los peces: “¿Señor a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.
Pero Tomás es también el Apóstol que con-fiesa, humilde, su desvarío con una estupenda, conmovida, profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. A él acudimos hoy para que interceda ante el Señor y le presente nuestra oración: ¡Señor, auméntanos la Fe! Haznos oír tu palabra de vida en medio de los rumores que solo traen confu-sión, de las voces del mercado de verdades, de los pensamientos fruto de ideologías meramente humanos. Concédenos escuchar tu palabra vi-viente, limpia, fuerte, segura, eterna, que nace de las profundidades insondables del Padre.
Señor te pedimos con el Apóstol santo To-más: ¡Auméntanos la fe en nuestros momentos de ceguera, de confusión, de incertidumbre, de tentación! Auméntanos la fe cuando nos veamos envueltos en la noche cerrada de la prueba, o en las densas nieblas del desconcierto ante tus de-signios que no terminamos de entender, ante el aparente triunfo del mal y de la mentira, ante la tremenda prueba del dolor propio y ajeno, o ante la sutil tentación del orgullo que pretende some-ter tu verdad al juicio de nuestra débil, pero tantas veces engreída, razón, menesterosa siempre de luz, de tu Luz, Señor, radiante y gloriosa por los siglos de los siglos. Amén.

Mons. José María Yanguas,
Obispo de Cuenca, España.

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