Madre Teresa de Calcuta-Memoria 5 de septiembre
Cristo para los pobres
Los integrantes de la familia de la Madre Teresa hacen los tres votos tradicionales de pobreza, castidad y obediencia, agregando el de consagrar toda su vida al servicio de los más pobres de los pobres en forma exclusiva y sin aceptar recompensa material alguna. La Madre Teresa se ocupaba especialmente de asegurar una doble formación para las hermanas. Junto con recibir una sólida formación espiritual, deben dirigirse a los tugurios. El encuentro con la miseria es parte integrante de la formación del noviciado, por cuanto es necesario que ellas en-frenten la realidad para comprender qué vida les espera cuando hayan pronunciado sus votos y se encuentren con Cristo las veinticuatro horas del día en la persona de los más pobres de los pobres para expresarles en verdad, y no solo en palabras, su amor a Dios.
El hambre de amor
Esta hambre experimentada por todos los seres humanos atormenta y corroe a todas las personas en lo más profundo de su ser. ‘Nadie puede vivir sin amar ni ser amado’, dirá nuestro Santo Padre, el papa Juan Pablo II, en su encíclica Redemptor hominis. Esta hambre de amor es el hambre más profunda, agazapada en el corazón mismo de nuestras sociedades de opulencia. La Madre Teresa lo comprendió muy bien y los Misioneros de la Caridad, después de expan-dirse a través de la India, han ido desde Asia a América y desde Australia al África, hasta Roma, en el corazón de la cristiandad. La sociedad industrial, que desde hace más de dos siglos ha creado tantas riquezas y ha liberado al hombre de tantas servidumbres, también ha producido otras nuevas. Y la identificación entre sociedad de opulencia -open society- y progreso ha llegado a un punto que sobrepasa lo abusivo.
El amor de la Madre Teresa a los pobres
No es un amor de exclusión, sino de predilección, ya que el hambre no es puramente necesidad de pan ni la desnudez carencia de vestimenta ni la vagancia necesidad de un techo. Los ricos también tienen hambre de amor y atención.
Entre un país y otro -afirmaba la Madre Teresa- la diferencia nunca es muy grande, porque siempre y en todas partes las personas son parecidas: todas necesitan ser amadas, todas necesitan amor, un corazón que las ame, sobre todo cuando sufren. Es lo que hacían San Juan y nuestra santa Madre al pie de la Cruz. La Madre Teresa se dirige a un corresponsal inglés: “La sociedad inglesa es una sociedad de bienestar, pero he caminado de noche por vues-tras calles y he penetrado en vuestras casas, y he encontrado moribundos privados entera-mente del amor. Hay aquí entre vosotros otro tipo de pobreza: una pobreza de alma, pobreza de soledad e inutilidad.
Es la peor enfermedad del mundo de hoy, peor que la tuberculosis y la lepra. Y esa pobreza no se puede vencer sino mediante el amor, un amor sin reciprocidad, que puede parecer imposible”, pero respecto del cual la Madre Teresa nos indica incesantemente la fuente que lo hace posible: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.’ Dios no puede imponer lo imposible. El amor es un fruto de todas las estaciones siempre al alcance de la mano. Todos podemos recogerlo. La meditación y el espíritu de oración, el sacrificio y la intensidad de la vida interior constituyen para cada uno los medios para alcanzarlo, por-que Dios es amor y el amor es Dios, un Dios vivo y amante. Mientras más recibimos en la oración silenciosa, más podemos dar en nuestra vida activa. El amor se da porque se recibe en la oración y la Eucaristía, el Cristo eucarístico recibido cada mañana y adorado cada tarde.
El secreto de la Madre Teresa
Su secreto y el de los Misioneros de la Cari-dad “es aquel que Jesús nos enseñó en el Evangelio: la oración”. Para la Madre Teresa, se revela en una secuencia de inevitable lógica, inscrita en unos pequeños cartones amarillos que ella distribuía como tarjetas de visita:
• El fruto del silencio es la oración,
• El fruto de la oración es la fe,
• El fruto de la fe es el amor,
• El fruto del amor es el servicio,
• El fruto del servicio es la paz.
No es posible comprometerse en el aposto-lado sin ser un alma de oración, sin olvidarse constantemente de sí mismo y sin someterse a la voluntad de Dios, para que Él pueda pensar a través de nuestro espíritu, trabajar a través de nuestras manos, porque todo lo podemos si Su fuerza está con nosotros.
Para ella, una fundación nueva es en primer lugar un nuevo tabernáculo:
Cuando miramos la Cruz, vemos cuánto nos amó Jesús. Cuando miramos el tabernáculo, vemos cuánto nos ama. A menudo, la mejor forma
de rezar es volviendo nuestra mirada intensa y ferviente hacia Cristo: yo Lo miro y Él me mira.
Quien reconoce al Señor en el tabernáculo, lo reconoce en los seres sufrientes y necesitados.
Su devoción más querida es la medalla mila-grosa, que no cesa de distribuir a todas las per-sonas con las cuales se encuentra. “Oh, María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a vos”. También ruega a sus santos preferidos, a quienes quisiera imitar, empe-zando por la pequeña Teresa y su camino en la infancia, Ignacio de Loyola y su amor por la Iglesia, Francisco Javier y su celo por las almas, Benito y su norma de vida: ora y trabaja, Fran-cesca Cabrini y su espíritu misionero, Francisco de Asís y su amor por la pobreza de la Cruz, San Bernardo y su devoción a los pobres, María Go-retti y su pureza angelical.
La vida de la Madre Teresa es una vida de fe y amor. Todos los días se encuentra con Jesús, comenzando por la Eucaristía, de la cual obtiene apoyo y fuerza, y luego en cada alma sufriente y necesitada a quien presta auxilio. Es el mismo Jesús, en el altar y en las calles, al cual recibe con fe para darlo con alegría, como la Virgen María en el misterio de la Visitación.
Tanto la Madre Teresa, santa de los arroyos callejeros, como Teresa de Lisieux, la carmelita cuyo camino de la infancia ella quiso seguir, son señales de esperanza para nosotros.
Ambas sufrieron mucho: los padecimientos de la noche oscura de la fe y también sufrimien-tos físicos, como un punzante dolor de cabeza crónico en el caso de la madre Teresa. En am-bas está la participación en la Pasión y la Cruz de Cristo, en el silencio del Carmelo como en la confusión de las ciudades. La Madre Teresa no cesó de decirlo: la fuerza y la energía que le per-mitieron vivir y actuar en forma tan extraordinaria no tenían sino una fuente: Jesús, al cual permitió vivir en ella, tomar posesión de su vida.
Paul Cardenal Poupard
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