LA NATIVIDAD DE LA VIRGEN MARÍA-Memoria 8 de septiembre
“Hija predilecta del Altísimo”
La Iglesia celebra la fiesta de la Natividad de la Virgen María, Madre del Verbo de Dios y Esposa virginal de José -como hemos escuchado en el Evangelio- “de la cual nació Jesús, llamado Cristo”. Debemos dar gracias a Dios por habérnosla dado como Madre. Bajo cuya protección maternal nos acogemos y la aclamamos con fervor y la veneración como excelsa Protectora nuestra.
Todo cumpleaños es una fiesta familiar. Por eso nosotros, sus hijos, en este día solemne volvemos nuestra mirada hacia Ella para contemplar su figura y venerar su vida, que para la Iglesia es siempre modelo a imitar, y sobre todo camino que nos lleva a Cristo.
Esta festividad mariana es toda ella una invitación a la alegría, precisamente porque con el nacimiento de María Santísima, Dios daba al mundo la garantía concreta de que la salvación era ya inminente: la humanidad que, desde mi-lenios, en forma más o menos consciente, había esperado algo o alguien que la pudiese liberar del dolor, del mal, de la angustia, de la desesperación, podía mirar finalmente, conmovida y emocionada, a María “Niña”, que era el punto de convergencia y de llegada de un conjunto de promesas divinas.
Precisamente esta Niña, todavía pequeña y frágil, es la “Mujer” del primer anuncio de la redención. Por tanto, toda la Iglesia no puede me-nos de alegrarse hoy al celebrar la Natividad de María Santísima, que -como afirma con acentos conmovedores San Juan Damasceno- es esa “puerta virginal y divina, por la cual y a través de la cual Dios, que está por encima de todas las cosas, hizo su entrada en la tierra corporalmente”.
En este día solemne, me van a permitir recordar y hacerme eco de las palabras de Papa Francisco (+) que nos invitaba a contemplar a María en la visita a su prima Isabel.
María fue una alegría para Isabel y también hoy es una luz de alegría y esperanza para to-dos nosotros que nos toca vivir grandes desafíos. Como nos recordaba el Papa: “En el océano de la historia, estamos navegando en circuns-tancias críticas y tempestuosas, y percibimos la falta de rumbos valientes hacia la paz”.
Nos encontramos con un mundo dividido donde parece que las injusticias planetarias, las guerras, las crisis climáticas y migratorias corren más rápido que la capacidad, y a menudo la voluntad, de afrontar juntos estos retos. También se oyen los quejidos dolorosos de los que sufren una tercera guerra mundial a pedacitos. Igualmente, en nombre del progreso, se ha abierto el camino hacia una gran regresión donde se viola la igualdad y la dignidad de toda vida humana, queriendo imponer una ideología que amenaza la libertad y la verdad del ser humano. Por desgracia como afirmaba el Papa Francisco (+) en el mundo desarrollado de hoy, paradójicamente, se ha convertido en una prioridad la defensa de la vida humana, puesta en peligro por las derivas utilitaristas que la usan y la desechan: la cultura del descarte de la vida. Pienso en tantos niños no nacidos y ancianos abandonados a su suer-te; en la dificultad por acoger, proteger, promo-ver e integrar a los que vienen de lejos y llaman a las puertas; en la soledad de muchas familias que luchan por traer al mundo y criar a sus hijos. Asimismo, contemplamos el deterioro de una sociedad regida por la inmoralidad de que el fin justifica los medios, manipulando y usando la historia para fines propios.
En el campo personal cada vez encontramos más gente herida en lo profundo de su ser, como nos manifiestan los aumentos de los suicidios de los jóvenes engañados por el relativismo, el individualismo y el consumismo que les afirma que el deseo de eternidad de su corazón puede ser saciado por placeres y riquezas. Lo eter-no es incompatible con lo efímero. Solo Cristo puede saciar la sed del corazón, amándonos como somos.
Mirando a María, toda esta realidad no nos habla de agonía sino de un parto; no de un final, sino del comienzo de un gran acontecimiento.
Y hace falta coraje para pensar esto. Sean, por tanto, nos decía Francisco (+) protagonistas de una “nueva coreografía” que coloque en el centro a la persona humana, sean coreógrafos de la danza de la vida.
Igualmente, nos recordaba la urgente necesidad de hacernos cargo de la casa común y para ello es necesario una conversión del corazón y un cambio en la visión antropológica que está en la base de la economía y de la política. “No nos podemos conformar con simples medidas paliativas o con compromisos tímidos y ambiguos. En este caso, «los términos medios son solo una pequeña demora en el derrumbe» (Carta enc. Laudato si’, 194). No olviden esto. Los términos medios son solo una pequeña demora en el de-rrumbe. Se trata más bien de hacerse cargo de lo que, lamentablemente, sigue siendo poster-gado, es decir: la necesidad de redefinir lo que llamamos progreso y evolución” No olviden que necesitamos de una ecología integral; necesitamos escuchar el sufrimiento del planeta junto al de los pobres; necesitamos poner el drama de la desertificación en paralelo al de los refugiados, el tema de las migraciones junto al del descen-so de la natalidad; necesitamos ocuparnos de la dimensión material de la vida dentro de una dimensión espiritual. No crear polarizaciones sino visiones de conjunto”.
Al mismo tiempo, ante esta realidad, el Papa nos recordaba que, en la Iglesia, hay espacio para todos. Para todos. En la Iglesia, ninguno sobra. Debemos cobijarnos bajo su manto, bajo él cabemos todos.
Aquí siempre hay un corazón de Madre dispuesto a acoger a sus hijos e invitarles a abrir sus corazones, a ese niño risueño que quiere iluminar las ventanas de nuestra alma a la plenitud de su vida y de su amor; enjugar con su ternura nuestras lágrimas escondidas; colmar con su cercanía nuestra soledad; quiere liberarnos de las cargas que nos oprimen por dentro; sanar las heridas de nuestros pecados y hacernos salir de las parálisis de la tristeza, de la resignación, que apaga nuestro entusiasmo; desea empujarnos a abrazar el riesgo de amar, para que seamos artesanos de la gratuidad, lleno de atenciones hacia los más pobres.
Él, que “curó tus llagas allí -en la cruz- donde soportó largo tiempo las su-yas”; Él, que “te sanó de la muerte eterna allí -en la cruz- donde se dignó a morir temporalmen-te” (S. Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, 3,3); es el que lucha y no se rinde para que tu vida no sea engullida por la oscuridad de la muerte. Y, por cada “muerte” que experimentes, desciende a tus abismos y te levanta a la vida, a su vida. Y al final de este camino, ha preparado para ti su mismo puerto de llegada, el cielo. Él trasformará el desenlace de tu existencia en un nuevo inicio, en una resurrección sin fin, en una vida de alegría y de paz eterna, sin luto ni lágri-mas, sin dolor ni remordimientos.
Él desea volver a encender en nosotros la luz de la belleza y hacernos centinelas de la espe-ranza, capaces de atrevernos a dar pasos nue-vos en la oscuridad de la noche, de no perma-necer hundidos en el pasado, de no dejarnos atemorizar por el futuro.
Él nos entregó a su Madre para afirmar que no estamos solos con nuestras heridas, nuestras fragilidades y nuestras culpas. Él nos ha dado a su Madre para acompañarnos en nuestra vida, María cada vez que hay un problema, cada vez que la invocamos, no tarda, viene, para estar cerca de nosotros.
Acoger a ese Niño que la Virgen sostiene en sus brazos es adquirir esa sabiduría y prudencia que alaba la Escritura.
María, la Virgen-Madre, proclama hoy de nue-vo ante todos nosotros el valor altísimo de la ma-ternidad, gloria y alegría de la mujer, y además el de la virginidad cristiana, profesada y acogi-da “por amor del Reino de los cielos” (cf. Mt 19, 12), esto es, como un testimonio en este mundo caduco, de ese mundo final en el que los que se salvan serán “como los ángeles de Dios” (cf. Mt 22, 30).
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