HILDEGARDA DE BINGEN-Memoria, 17 de septiembre
Santa y Doctora de la Iglesia
Hildegarda nació en Bermsheim, en el Palati-nado, (Alemania), de familia noble y piadosa, que ofreció Hildegarda a Dios como diezmo por el hecho de ser la décima hija, como era costum-bre en la Edad Media. Entró en el monasterio be-nedictino mixto de Disibodenberg, bajo la guía de Jutta de Spongheim. Elegida como abadesa a los 38 años, y cansada de una vida monástica subordinada a los monjes, fundó un monasterio femenino en Ruperrberg, libre de dependencias ni de laicos ni de monjes, y puso a su comuni-dad bajo el patronazgo exclusivo de la Iglesia de Maguncia. No quiso a los monjes ni como direc-tores espirituales, sino que pidió el servicio de los sacerdotes del lugar, elegidos libremente por las monjas. Mujer excepcional, de una profunda espiritualidad y una gran cultura. Mística de ojos abiertos, de temperamento apasionado, sin titu-bear cuando tomaba una decisión. Tenía un co-nocimiento profundo de la naturaleza humana, de la diferencia de las funciones, los sentimien-tos y de las vivencias entre hombre y mujer. Di-fícil de clasificar, buena monja y buena abadesa, pero a menudo considerada demasiado inquie-ta, crítica y poco sumisa, para muchos barones que no la podían entender.
Todo lo que ella escribe lo hace desde su vi-vencia como mujer, mujer arraigada a su país y a su tiempo, según las circunstancias políticas y culturales que le tocó vivir. No podemos se-parar la mujer y monja abadesa de su obra y, ni mucho menos, de las visiones, don de Dios a lo largo de su vida; siempre a la escucha y recepción activa e inteligente, actitudes tan importantes en la obediencia a la voluntad de Dios; sin olvidar el silencio interior y una visión aguda que son la fuerza de su comprensión de los problemas del mundo y de la Iglesia. Más que una persona polifacética, fue una mujer de una visión integral del cuerpo humano en sí, de la naturaleza del cuerpo humano en el mundo, de una sabia y fina percepción armónica de to-dos los elementos que constituyen la obra de la Creación y, por tanto, del Creador. Limitada en el espacio, destaco hoy su misión profética al Servicio de la reforma de la Iglesia.
Hildegarda fue una mujer que conoció los problemas eclesiásticos y civiles de su tiempo, pero también fue una monja que vivió inmersa en el misterio de la Iglesia, que la quiere, misterio de fe y realidad histórica, vital y dinámica.
Visionaria, sus visiones afectan directamente a la orienta-ción profética de su vida, volcada en la reforma de la Iglesia, a la renovación de la vida monástica en lo que respecta a la oración y al recogimiento, a la obediencia o a la tentación de la riqueza.
La Sabiduría habla por su boca y la guía en su obrar, aquí radica su autoridad moral delante de papas y emperadores. No es ella la que habla, sino algo que la trasciende totalmente y por eso no teme predicar la conversión sea al pueblo o a los prela-dos a través de sus viajes de predicación.
Murió a los 81 años, el 17 de septiembre de 1179, en Bingen. Sus restos descansan hoy en la Iglesia parroquial de Ebingen, Santa y Doctora de la Iglesia desde el día 7 de octubre de 2012. Los títulos de presentación son muchos: funda-dora, escritora de obras teológicas, botánicas y medicinales, compositora al servicio de la litur-gia, visionaria y mística y, por encima de todo, testimonio de amor a la Iglesia, buena compañera de camino de la Sinodalidad para la Iglesia de nuestros días.
Lic. Roser Solé i Besteiro
esglesia.barcelona

