Memorias

San Luis Gonzaga

Murió abrazado a la Cruz

A la temprana edad de siete años se sentía atraído por la oración y se apartaba de la vida de corte que le rodeaba, A los nueve años, junto con su hermano, fue enviado a Florencia para comenzar su educación como príncipe, en la corte del gran duque Francisco de Medicis, gran amigo de su padre. La corte de los Médicis era una de las más grandiosas y opulentas de Europa, a la vez que estaba llena de intrigas, engaños, sexo y violencia. El joven Gonzaga tomó distancia de ese mundo, reafirmándose en su deseo de no ofender jamás a Dios con el pecado.

Luis Gonzaga (Luigi Gonzaga, Lombardía, Ita-lia, 1568-1591) renunció a una vida de privilegios y a una situación principesca para abrazar los votos de la vida religiosa, hasta el punto de contraer la pes-te debido a su dedicación abnegada a los enfermos que la padecían. Era el hijo mayor del Marqués de Castiglione, y heredero del título familiar. Los Gon-zaga eran famosos como protectores de los artistas del renacimiento y eran cabeza suprema de un verdadero reino. Luis Gon-zaga, como era propio de su rango, vestía armadura y marchaba junto a su pa-dre cuando este pasaba revista a las tropas. Su vida comenzó a cambiar cuan-do contrajo la malaria y pa-deció accesos de fiebre. A la temprana edad de siete años se sentía atraído por la oración y se apartaba de la vida de corte que le rodeaba. A los nueve años, junto con su hermano, fue enviado a Florencia para comenzar su educación como príncipe, en la corte del gran duque Francisco de Médicis, gran amigo de su padre. La corte de los Médicis era una de las más grandiosas y opulentas de Europa, a la vez que estaba llena de intrigas, engaños, sexo y violencia. El joven Gonzaga tomó distancia de ese mundo, reafir-mándose en su deseo de no ofender jamás a Dios con el pecado. En el mes de noviembre de 1579 se trasladó a Mantua, para vivir en la man-sión del duque, pariente suyo; en aquella casa descubrió un libro de breves vidas de santos. Comenzó como ellos a rezar a diario los salmos, y más tarde comenzó a meditar, al descubrir un libro escrito por el jesuita Pedro Canisio. Sus prácticas de piedad consistían en la Misa diaria, comunión semanal y ayuno tres días por semana.
n 1582 el joven heredero acompañó a María de Austria, hija de Carlos V, en su viaje a Ma-drid. Allí pasó a ser paje de acompañamiento del príncipe de Asturias, heredero del trono, y le hi-cieron caballero de la Orden de Santiago. Pero cuanto más ascendía en la escala social, sus pensamientos le instaban con más fuerza a ha-cerse jesuita, como lo era su confesor de Madrid. El 15 de agosto de 1583 tuvo una experiencia en la oración que confirmó su decisión. Cuando se lo dijo a su confesor, este le repuso que debería tener permiso de su padre. El marqués se llenó de rabia al escuchar que su heredero quería re-nunciar a todo lo que con tanto cuidado había preparado para él. La familia entera volvió a Cas-tiglione y el marqués mandó a sus hijos a una gira por las cortes de Italia, en la esperanza de que la experiencia de un modo de vida tan refi-nado cambiaría la actitud de su hijo y suavizaría las tensas relaciones que ahora existían entre dos personas obstinadas como ellos.

Imagen: Publicación de Pérolas de Sabedor

La determinación del hijo fue más fuerte y padre terminó por dar su consentimiento. En el mes de noviembre de 1585 Luis renunciaba a su herencia a favor de su hermano Rodolfo y se puso en camino para Roma donde se presentó al superior general, Claudio Acquaviva, que le admitió en el noviciado de San Andrés.
A pesar de que el nuevo novicio no tenía aún 18 años, su preparación le hacía muy maduro, y el noviciado le pareció menos riguroso que la vida que venía llevando por propia decisión. Con todo observaba con gran obediencia las normas del noviciado y los consejos del maestro de no-vicios. Se matriculó en el Colegio Romano para acabar los estudios de filosofía antes de emitir los primeros votos. Inmediatamente después comenzó la teología. En 1589 volvió a Castiglione para negociar la paz entre su hermano y el du-que de Mantua. En mayo de 1590 volvía a Roma.
Al año siguiente Italia fue azotada por una ola de peste y hambre y Gonzaga se lanzó a ocupar-se de las víctimas de la plaga. Se puso a pedir limosna para los enfermos y transportaba física-mente al hospital a los que encontraba por las calles. Allí los lavaba, les daba de comer y los preparaba para los sacramentos. Confesó a su director espiritual, Roberto Bellarmino (que en el futuro llegaría a ser reconocido como santo), que había tenido el presentimiento de que mo-riría pronto.
Eran tantos los jóvenes jesuitas que caían enfermos, que el superior prohibió a Gonzaga volver al hospital. Gonzaga logró que le diera permiso para trabajar en el hospital de Nuestra Señora de la Consolación, que no trataba enfer-mos contagiosos. Comenzó a frecuentarlo, pero contrajo el mal cuando cuidaba a un hombre en-fermo de peste. Cayó en cama el 3 de marzo de 1591, primero se agravó y luego pareció mejorar un poco. Pero no llegó a recuperar del todo la salud. No le abandonaban ni la fiebre, ni la tos, pero él resistía. Sintiendo que iba a morir pidió recibir la comunión. Dos jesuitas que le vela-ban de noche vieron como le cambiaba el rostro cuando se abrazó a una cruz y dijo el nombre de Jesús. Tenía sólo 23 años cuando murió. Su cuerpo se conserva hasta hoy en la iglesia de San Ignacio de Roma.

Originalmente compilado y editado por: Tom Rochford, SJ
Traducción: Luis López-Yarto, SJ www.jesuits.global

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