Solemnidades

La Ascensión del Señor

Gracias a su Resurrección, tenemos esperanza

Hoy nos unimos a los primeros discípulos alzando la vista al cielo, al presenciar la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo.
Este es un momento glorioso en la vida de la Iglesia. Más allá de las estrellas en el cielo, más allá de las nubes, nuestro Señor está ahora sentado a la diestra del Padre, y es allí donde nos llama a estar.
Así como Dios resucitó a Jesús de entre los muertos el Domingo de Pascua, ahora asciende al cielo, en su humanidad y en su divinidad. Gracias a su resurrección, tenemos esperanza, la humanidad tiene esperanza: la esperanza de que nosotros también resucitaremos, de que un día el cielo será nuestro hogar.
Al ascender al cielo, Jesús le da a su Iglesia esta misión en la tierra, como escuchamos en el Evangelio de hoy: “Id… y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que les he mandado”.
Jesús no vino a crear una institución, sino una familia, el reino de Dios. De entre todas las naciones del mundo, quiere formar una sola familia, todos nosotros hijos del Rey, bautizados en el nombre de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Tú y yo, hermanos y hermanas, cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en la construcción de esa familia aquí en la tierra. ¡Tenemos una vocación gloriosa!
Sin importar quién seas, tienes la misión de salir y hacer discípulos. Tienes la misión de compartir las buenas nuevas de Jesús y llevar la salvación a otros.
La salvación proviene de conocer a Jesús. Todo cambia cuando Jesús entra en nuestras vidas. Él es luz, es verdad, es belleza.

Él es el único camino a la felicidad y quiere que todos lo sepan.
Cada uno de nosotros está llamado a ser un discípulo misionero. Eso es lo que Jesús quiere decir hoy cuando les dice a sus discípulos: “Seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra“.
Por supuesto, todas estas hermosas verdades suenan diferentes hoy, al escuchar la Palabra de Dios a la luz de lo que estamos viviendo. Pero nuestra misión sigue siendo la misma, aunque nuestras circunstancias sean diferentes.
Estoy orando con ustedes, todos estamos orando juntos en la Iglesia, y necesitamos pedir el don de una fe fuerte en este momento. ¡Cristo resucitó y nosotros también resucitaremos!
Jesús va al cielo, pero no nos deja solos en la tierra. Se va, pero no nos abandona.
Hoy tenemos su promesa en el Evangelio: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” .
Él está contigo. Siempre. Así que, hermanos y hermanas, necesitamos acercarnos a Jesús, necesitamos aferrarnos a él y seguirlo.
Sin importar lo que hayamos perdido, nada podrá alejar a Dios de nosotros. Nada podrá separarnos jamás de su amor. ¡Jamás nos dejemos vencer por la tristeza! Ahora más que nunca, pidamos la gracia de ser testigos del amor de Dios en nuestras vidas.
En la primera lectura de hoy, escuchamos a Jesús decirles a sus discípulos que “ no se alejen de Jerusalén, sino que esperen la promesa ” del Espíritu Santo en Pentecostés.
Este es un mensaje para la Iglesia en todas las épocas. Y es especialmente un mensaje para la Iglesia ahora mismo, en este momento en que tantas personas sufren.
Y sabemos lo que hicieron los primeros cristianos después de que Jesús ascendiera al cielo. Hicieron lo que Jesús les mandó. Regresaron a Jerusalén con María, su madre, y se dedicaron a orar juntos y a esperar el don del Espíritu Santo que él les había prometido.
Así es como la Iglesia siempre ha vivido. Así es como debemos vivir ahora. Cerca de Jesús, cerca de María, unidos en el Espíritu Santo, que siempre está ahí para ayudarnos.

Hermanos y hermanas, debemos permanecer unidos. Debemos orar juntos, unidos como una sola familia, un solo cuerpo.
San Pablo nos dice hoy, en la segunda lectura, que la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la tierra y que él es la cabeza. Si Cristo es nuestra cabeza, eso significa que siempre debemos esforzarnos por tener la mente de Cristo: pensar como Cristo y actuar como Cristo; ver el mundo como él lo ve, amarnos los unos a los otros como él nos ama.
La Iglesia es una familia y ahora mismo debemos
hacer todo lo posible por cuidar de nuestros
hermanos y hermanas. Debemos amar
como Jesucristo, cada uno de nosotros. Debemos
alimentarnos y protegernos mutuamente.
Debemos estar ahí los unos para los otros, para ayudarnos, sanarnos y apoyarnos. Juntos somos más fuertes, juntos somos mejores.
Así pues, mis queridos hermanos y hermanas, hoy somos testigos de lo que san Pablo llamó “la incomparable grandeza de su poder para con nosotros los que creemos”.
Jesús descendió del cielo para compartir nuestra vida humana, todos nuestros sufrimientos y alegrías. Hoy asciende al cielo para que podamos seguirlo. Ahora todo camino conduce al cielo, si caminamos con Jesús, quien nos acompaña. Así que sigamos caminando con él.
Y esta semana, mientras esperamos la venida del Espíritu Santo el Domingo de Pentecostés, pidamos a la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, que nos obtenga toda gracia.
Que Ella nos ayude a llevar a cabo la misión que se nos ha encomendado: ser discípulos misioneros en este tiempo, viviendo para la gloria de Dios y la salvación de las almas.
Lecturas: Hechos 1, 1–11; Salmo 47, 2–3, 6–9; Efesios 1, 17–23; Mateo 28, 16–20; Hechos 1, 12– 14; 1 Corintios 1, 10; 2, 16.

Monseñor José H. Gómez
Arzobispo de Los Ángeles, EE. UU.

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