Protomártires romanos
La voluntad de ser fieles hasta la muerte
Fue precisamente en el transcurso de esta persecución cuando se produjeron los marti-rios de San Pedro y San Pablo, por lo que la fiesta de los protomártires se celebra el 30 de junio, es decir, el día siguiente a la de estas dos columnas de la Iglesia.
En comparación con la comunidad hebrea, los cristianos residentes en Roma en aquella época constituían un grupo de personas reducido. De ellos, poco conocidos, circulaban voces calum-niosas, y sobre ellos hizo recaer Nerón, conde-nándolos a terribles suplicios, la culpa del incen-dio, a fin de que cesaran las acusaciones que se le habían hecho a él.
En este sentido, el emperador se sirvió del he-cho de que las ideas que profesaban los cristia-nos eran un abierto desafío a los dioses, celosos y vengativos.
“Los paganos—recordará más tarde Tertulia-no— atribuyen a los cristianos cualquier calami-dad pública, cualquier flagelo. Si las aguas del Tíber se desbordan e inundan la ciudad, si por el contrario el Nilo no se desborda ni inunda los campos, si hay sequía, carestía, peste, terremo-to, la culpa es toda de los cristianos, que despre-cian a los dioses, y por todas partes se grita: ¡Los cristianos a los leones!”
Los hechos acaecidos tras el incendio es-tán atestiguados por el más célebre de los historiadores romanos, el pagano Tácito (An-nales, 15, 44),quien no expresa la menor sim-patía por los cristianos, tal y como lo demues-tran los calificativos que emplea al referirse a ellos: “ignominias”, “execrable superstición”, “odio al genero humano”, “culpables”, merece-dores del máximo castigo”.
Lo de menos es que fuera verdad que los cris-tianos hubieran incendiado Roma, el odio se ha-bía desatado y todos tenían que morir.
Tácito especifica claramente los géneros de muerte que se aplicaron a los cristianos:
“A su suplicio se unió el escarnio, de mane-ra que perecían desgarrados por los perros tras haberles hecho cubrirse con pieles de fieras, o bien clavados en cruces, al caer el día, eran que-mados de manera que sirvieran como ilumina-ción durante la noche”.
También hace referencia a ellos San Clemen-te, Obispo de Roma, en su carta a los Corintios (caps. 5-6), donde narra lo siguiente:
“Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles. A Pedro, que por una hostil emula-ción tuvo que soportar no una o dos, sino innu-merables dificultades, hasta sufrir el martirio y llegar así a la posesión de la gloria merecida.
Esta misma situación dio a Pablo lugar de al-canzar el premio debido a la paciencia: en re-petidas ocasiones, fue encarcelado, obligado a huir, apedreado y, habiéndose convertido en mensajero de la palabra en el Oriente y en el Oc-cidente, su fe se hizo patente a todos, ya que, después de haber enseñado a todo el mundo el camino de la justicia, habiendo llegado hasta el extremo Occidente, sufrió el martirio de par-te de las autoridades y, de este modo, partió de este mundo hacia el lugar santo, dejándonos un ejemplo perfecto de paciencia.
A estos hombres, maestros de una vida santa, vino a agregarse una gran multitud de elegidos que, habiendo sufrido muchos suplicios y tor-mentos también por emulación, se han converti-do para nosotros en un magnífico ejemplo”.
San Juan Pablo II al referirse a estos mártires romanos decía:
“Es necesario recordar el drama que experi-mentaron en su alma, en el que se confrontaron el temor humano y la valentía sobrehumana, el deseo de vivir y la voluntad de ser fieles hasta la muerte, el sentido de la soledad ante el odio inmutable y, al mismo tiempo, la experiencia de la fuerza que proviene de la cercana e invisible presencia de Dios y de la fe común de la Iglesia naciente. Es preciso recordar aquel drama para que surja la pregunta: ¿algo de ese drama se ve-rifica en mí?”.
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