Memorias

San Ignacio de Loyola – Memoria 31 de julio

Además de distancias físicas y carreteras sin fin, Ignacio cubrió una distancia histórica enor-me. Partiendo del universo medieval de una fa-milia de la baja nobleza vasca –orgullosa de su actitud de defensa del rey y hostil al creciente poder de las ciudades- recorrió el camino que llevaba al floreciente renacimiento de los estu-dios de París y de la reconstrucción de Roma donde trabajaban artistas como Miguel Ángel y reformadores como Carlos Borromeo. Vivió una etapa de transición jalonada por figuras señe-ras como Enrique VIII y María Tudor, Rafael y El Greco, Lutero y Calvino, Cervantes y Palestrina. Sus primeros pasos pusieron el marco a lo que habría de venir después. Abandonó el fron-doso y escarpado valle del Urola, donde su fa-milia era dueña de la mejor tierra en el centro del valle, para trasladarse a las anchas plani-cies del sur, donde Fernando el Católico, rey de Castilla, gobernaba en un mundo rico y sofis-ticado. Ignacio era un joven ambicioso que no tenía el mínimo deseos de quedarse en el hogar con sus hermanos mayores, que ya se habían ganado honores y riqueza. Lo que deseaba era ser un cortesano como su mentor, Don Juan Velázquez de Cuéllar, tesorero real, que había tomado a Ignacio como miembro de su casa en Arévalo. Once años en que aprendió admi-nistración, diplomacia, manejo de las armas y maneras cortesanas, prepararon a Ignacio para hacer carrera en la pública administración y para moverse en el laberinto de la política. So-ñaba con ser enviado como embajador del rey o con gobernar alguna ciudad real como Aré-valo. Pero al oponerse su protector al nuevo rey Carlos I y perder el poder, esta ambición se vio abruptamente truncada.
Se pudo ir luego al servicio del duque de Ná-jera, virrey de la parte norte del reino de Na-varra, en la frontera con Francia. Pero tras un prometedor comienzo, cuando sus cualidades diplomáticas y de liderazgo hicieron de él un “gentilhombre” muy útil al duque, también este segundo intento de hacer carrera tuvo un brusco final cuando una bala de cañón francesa hi-rió gravemente sus piernas.
Después de su convalecencia y conversión, un deseo nuevo de servir a Jesús había sustitui-do a sus deseos de gloria. Sus primeros esfuer-zos en este nuevo modo de servicio provocaron una total revolución de sus valores. El orgulloso cortesano se había convertido en un mendigo, uno que se imponía duras penitencias imitando así las leyendas de los santos. Partió de Loyo-la para Tierra Santa, deteniéndose primero en el santuario de la Virgen Negra de Montserrat.

Lo que comenzó como una noche en vela se alargó hasta convertir-se en un intenso año de oración en la ciudad de Manresa, antes de se-guir camino hacia Roma y Jerusalén. Su idea era de quedarse en Tierra Santa como peregrino permanente, visitando los lugares que había vivido Jesús y hablando de Jesús con la gente. Pero su temeraria con-ducta pareció amenazar la precaria situación de los franciscanos custo-dios de los santos luga-res, y le obligaron a vol-ver a Europa.
Tampoco dieron fru-to los iniciales esfuer-zos como estudiante en Barcelona, Alcalá y Sa-lamanca. Cuando por fin aprendió a estudiar de modo disciplinado en la universidad de París, pudo Ignacio realizar uno de sus planes: tener la formación necesaria para seguir con su trabajo de conversar con las personas sobre Dios y sobre cosas espirituales.
En París comenzaron a abrírsele otras puer-tas. Encontró personas que acabarían siendo verdaderos compañeros y compartiendo su visión. Hombres como Francisco Javier. Haber obtenido el grado de Maestros en París hacía que pudieran optar a puestos de calidad, pero ellos se constituyeron en peregrinos a la bús-queda de oportunidades para servir a Dios. Es-tos compañeros afrontaron juntos el fracaso de sus primeros planes de ir a Tierra Santa; espe-raron en vano un año entero a que una nave los llevara desde Venecia a Jafa.
Frustrados en sus planes de ir a Tierra Santa, Ignacio y sus compañeros retornaron a Roma, donde se aclararon por fin los planes que Dios tenía para ellos. Roma fue era lugar donde na-cería la Compañía de Jesús y desde donde se extendería por todo el mundo. Tras sus idas y venidas anteriores, Ignacio pasó sus últimos 18 años en la pobladísima ciudad de Roma, vivien-do en unas pocas y reducidas habitaciones. Aunque su más importante itinerario seguía adelante, centrado en la búsqueda de Dios y enriquecido con una profunda oración mística.
La más conocida imagen de Ignacio es la de esta última parte de su vida. Se le representa casi siempre como el adusto legislador que señala con el dedo las Constituciones que es-cribió para el gobierno de la Compañía.

 

Él se pensó siempre a sí mismo como “el Peregrino”, que es el nombre que se dio constantemente al dictar su autobiografía al final de su vida.

Originalmente compilado y editado por: Tom Rochford, SJ
Traducción: Luis López-Yarto, SJ
https://www.jesuits.global/es

Imagen: www.reinadodemaria.org

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