Solemnidades

Corpus Christi

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Al celebrar esta solemnidad, celebramos una tradición que viene del Señor, como nos dice san Pablo en su primera carta a los Corintios. Según esta tradición, en la noche en la que iba a ser entregado, el Señor Jesús tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “tomad y comed, esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Y lo mismo hizo con el cáliz, dándoselo a beber. Dos mil años después, la Iglesia sigue repitiendo estos gestos con los que Jesús anticipaba su entrega por nosotros en la Cruz. De esta forma, nos daba un signo, un sacramento, para que nosotros podamos recibir su entrega y tomar parte en ella.

En el pasaje del Génesis y en el Evangelio que hemos escuchado encontramos algunos signifi-cados que no agotan el misterio insondable de la Eucaristía, pero que nos ayudan a descubrir qué sentido tiene hoy para nosotros participar en este sacramento.
Cristo, que sale al encuentro del hombre can-sado por el combate diario, por el mal, por la gue-rra y la corrupción de todo tipo que tantas veces vemos a nuestro alrededor. Esta experiencia del mal siembra en nosotros la desesperanza. Esto, además, nos puede llevar a ver a Dios como un adversario más, que viene también a quitarnos nuestras cosas, a impedirnos una vida cómoda y de bienestar según nuestro propio proyecto personal. E intentamos contentarlo dándole una parte de nuestras cosas, de nuestro tiempo.
Pero no es así. En la Eucaristía es Él mismo quien se nos entrega, quien viene a darnos todo lo suyo, a darse por entero. A cambio pide nues-tras personas. Pide que acojamos la bendición para participar de su vida, de su reino. Finalmen-te, un descendiente de Abraham, el rey David, reinará en Jerusalén. Jesucristo nos da la Euca-ristía para que, acogiendo este pequeño signo, acojamos el don de su vida entera, su promesa de plenitud. Dios quiere que entremos en su rei-no, en la comunión trinitaria recibiendo su cuer-po entregado por nosotros.
En el Evangelio hemos escuchado como Je-sús precisamente habla de esto a las gentes: les habla del reino y sana a los que tenían necesi-dad de curación. Este es un segundo significado de la Eucaristía. Es un alimento que nos sana.

Pero, como dice el evangelio sana a los que ne-cesitaban curación. Una de nuestras dificultades para recibir todo lo que el Señor quiere darnos en la Eucaristía es que no vemos la curación que necesitamos. En el fondo, nos parece que no necesitamos al Señor. Si vamos a la Eucaristía los domingos, pensamos que somos nosotros los que le estamos dando algo al Señor, como si fuera Él el que necesita que acudamos a la misa.
En el Evangelio, vemos a los apóstoles en una situación de verdadera necesidad. Más de cin-co mil personas se han reunido cuando ya cae la tarde y no tienen que comer. Nuestra primera reacción es quitarnos de la responsabilidad del otro: que se vayan y se busquen ellos de comer. Pero el Señor dice a los discípulos: dadles voso-tros de comer. Con esto el Señor no quiere decir que estas personas no sean responsables de sus propias vidas, sino que quiere mostrarnos que todos somos responsables los unos de los otros. No podemos desentendernos de lo que le pasa al que está a nuestro lado. Pero entonces nota-mos la impotencia: ¿qué podemos hacer ante tanta carencia que experimentamos? La res-puesta está en el mismo Señor. Se trata de po-ner todo en sus manos para que se convierta en signo de su sobreabundancia. Somos nosotros los que necesitamos al Señor, los que necesita-mos ser curados, alimentados con un alimento verdadero de comunión. Por eso acudimos a la Eucaristía, porque sin ella no podemos vivir.

Texto: Monseñor Jesús Vidal Chamorro
Obispo de la Diócesis de Segovia
diocesisdesegovia.es

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