Memorias

San Justino, mártir

Pensador, de fe inquebrantable

Sus padres eran ateos y le brindaron a Justi-no la mejor educación de la época: destacó en retórica, poesía e historia, y más tarde estudió filosofía. Dedicó varios años a buscar el cono-cimiento de Dios y encontró diversos maestros que, con el tiempo, lo decepcionaron. Un día, en-tabló conversación con un hombre mayor que le presentó el cristianismo. Justino indagó más y comenzó a profundizar en la fe.
Sin embargo, incluso antes de este encuentro, el ejemplo de los mártires cristianos había des-pertado su curiosidad. “Incluso cuando me con-formaba con las doctrinas de Platón”, escribió,
“cuando oí acusar a cristianos y los vi afrontar sin temor la muerte y todo lo que se considera terrible, sentí que tales personas no podían ha-ber llevado la vida de placeres viciosos que se les atribuía”. Alrededor de los treinta años, abra-zó plenamente la fe y se convirtió al cristianismo.
Esto ocurrió en los inicios de la historia de la Iglesia, y pocos no cristianos conocían o com-prendían la fe. Los primeros mártires, en su ma-yoría, carecían de educación y murieron sin po-der defender plenamente sus creencias. Justino, quien dedicó su vida al diálogo con buscadores de la verdad, creía que muchos otros aceptarían el cristianismo si se les ofreciera una explicación razonable. Comenzó a escribir y a hablar sobre la fe cristiana a otros filósofos.
Los rituales cristianos eran fuente de muchos chismes, pues se creía que eran secretos. Justi-no explicó estos ritos y otros aspectos de la fe al pueblo del Imperio Romano, que condenaba
a los cristianos por temor a que su libertinaje y deslealtad pusieran en peligro la nación. Justino replicó que los cristianos, en realidad, eran per-sonas pacíficas, preocupadas por el bien común
y el estado de derecho; de hecho, argumentó que los cristianos eran mejores ciudadanos romano.

Realizó varios viajes a Roma, donde debatió públicamente con pensadores paganos, supe-rándolos y dejando al descubierto su ignorancia. Finalmente, su obra fue considerada una amenaza para la religión y la cultura del imperio, por lo que fue arrestado y obligado a sacrificar a los dio-ses romanos. Se negó y fue decapitado junto con otros seis cristianos (cinco hombres y una mujer).

El relato de su juicio y martirio sigue siendo un valioso documento de la tradición cristiana y se considera muy fidedigno. Lo que sigue es parte de las actas registradas cuando Justino y sus compañeros fueron llevados ante el pre-fecto romano, Rusticus.

Rusticus: Escucha, tú que eres tan elocuente y que crees tener la verdad: si te hago azotar y decapitar, ¿crees que irás al cielo?
Justino: Si sufro como dices, espero recibir la recompensa de quienes guardan los manda-mientos de Cristo. Sé que todos los que lo hacen permanecerán en la Gracia de Dios hasta el fin de los tiempos.
Rusticus: ¿Así que crees que subirás al cielo para recibir una recompensa?
Justino: No lo creo, lo sé. No tengo la menor duda al respecto.
Rusticus: Muy bien. Ven aquí y ofrece sacrifi-cios a los dioses.
Justino: Nadie en su sano juicio renuncia a la verdad por la mentira.
Rusticus: Si no haces lo que te digo, serás tor-turado sin piedad.
Justino: No pedimos nada mejor que sufrir por amor a nuestro Señor Jesucristo y así ser salvos.

Si hacemos esto, podremos presentarnos con confianza y serenidad ante el temible tribunal de ese mismo Dios y Salvador, cuando, según el or-den divino, todo este mundo desaparezca.

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