Artículos

La Cuaresma

“Conviértanse a mí de todo corazón”

“Rasgad los corazones”. Es decir: dejar que Dios toque lo más íntimo de vuestra vida. La conversión no es maquillaje espiritual. No es aparentar. Es permitir que el Señor entre en nuestras heridas, en nuestras incoherencias, en nuestras zonas oscuras. Es reconocer que necesitamos ser salvados. Y esta llamada no es una amenaza, sino una promesa: “Porque Dios es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”. La conversión nace de la confianza en un Dios que nunca se cansa de perdonar.
“Ahora es el día de la salvación”
San Pablo nos dice con fuerza: “Déjense reconciliar con Dios”. Fijémonos bien: nos dice “déjense reconciliar”. La iniciativa es de Dios. Vivimos en una humanidad herida por divisiones: conflictos entre pueblos, tensiones políticas, rupturas familiares, intereses enfrentados. También dentro de nosotros hay fracturas: queremos el bien y hacemos el mal; soñamos con la fidelidad y caemos en la incoherencia.
El pecado no es una palabra antigua; es una realidad que hiere personas y estructuras. Pero la fuente de la reconciliación no está en nuestra perfección, sino en el don de Dios en Jesucristo. Su muerte y resurrección nos abren la posibilidad de un mundo nuevo y de un corazón nuevo. Por eso la Cuaresma es un tiempo de gracia. No mañana. No cuando todo esté resuelto. Ahora es el día de la salvación.
“Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará”
El Evangelio según Evangelio según San Mateo nos introduce en el secreto de la verdadera religiosidad: la interioridad. Jesús nos previene contra la tentación de hacer el bien para ser vistos: tocar la trompeta al dar limosna, rezar para que nos admiren, ayunar para que nos noten. Es el riesgo permanente de convertir la fe en espectáculo. Las prácticas cuaresmales —oración, ayuno y limosna— no son fines en sí mismas. No son una competición espiritual. Son medios para templar el corazón, para hacer espacio al Resucitado.

Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Cuando ores, entra en tu cuarto y cierra la puerta. Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara. ¡Qué belleza tan sencilla! Dios no necesita demostraciones públicas. Busca el corazón. Nos espera en lo escondido de nuestra conciencia, allí donde nadie más entra. Allí donde somos verdaderos. Una religión sin interioridad no es cristiana. Pero tampoco lo es una interioridad cerrada sobre sí misma. La verdadera experiencia de Dios nos hace más libres, más fraternos, más compasivos.
Oración, ayuno y limosna:
camino hacia la Pascua
La Cuaresma nos propone 4 caminos concretos:

  • Oración: diálogo amoroso con el Padre.
  • Ayuno: liberación de la obsesión
    por nuestro bienestar.
  • Limosna: compartir nuestros bienes
    -muchos o poco- con los necesitados.
  • Escuchar: la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de
    entrar en relación con el otro.

No son cargas, son oportunidades. No son méritos que exhibimos, sino ejercicios que ensanchan el corazón. Convertirse es volver a centrar la vida en el Evangelio. Es aceptar que la propuesta de Jesús sea nuestra norma de vida. Es permitir que Dios nos acerque unos a otros, que nos reconcilie, que nos haga pueblo.
Hermanos y Hermanas, cuando recibamos la ceniza escucharemos: “Conviértanse y crean el Evangelio”. La ceniza no es un signo de tristeza sin esperanza. Es el recordatorio humilde de que somos frágiles, pero amados. Pecadores, pero llamados a la santidad. Mortales, pero destinados a la Resurrección.
Que esta Cuaresma no sea una costumbre más. Que sea un verdadero retorno al corazón de Dios. Y que, cuando llegue la Pascua, podamos celebrar con fe y alegría que el Señor ha renovado nuestro interior. Amén.

www.iglesiadesantiago.cl

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *