Fiestas

NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED-Fiesta, 24 de septiembre

En el vasto horizonte don-de la fe abraza el alma de los pueblos, emerge resplande-ciente una figura entrañable y maternal: Nuestra Señora de la Merced, el rostro más dul-ce y compasivo de la Gracia. Desde tiempos inmemoria-les, su aliento de bondad flota como una brisa sagrada sobre los pueblos iberoamericanos, tejiendo una historia de amor divino, libertad y consuelo que trasciende los siglos.

El canto insular y la cuna ancestral
Mucho antes de que los cronistas registraran su glo-ria, la Providencia ya prepa-raba su morada en las mís-ticas brumas de la Isla de la Plata, en las costas manabi-tas de Ecuador. Allí, los anti-guos moradores esculpieron en la frialdad de la piedra una silueta de mujer y de madre, depositando a sus pies ofren-das de plata, no como rito pagano, sino como el San Benito abadprofético anhelo de un amor milagroso que curara sus dolores.
Cuando los hombres de fe pisaron aquellas tierras, descubrieron que en esa efigie no dormía un ídolo, sino el susurro presuroso de la Divina energía femenina: el amor puro y protector de la Santísima Madre. Consagrada bajo la advoca-ción de la Merced, la hermosa Señora ascendió a los andes hasta la Real Audiencia de Quito, convirtiéndose en la primera e Inmaculada Colona, en la eterna vecina del cielo y protectora del terruño. Ella, que amansó la furia de los volcanes y abrazó la tierra temblorosa en sus terremotos, fue coronada en el alma de todo un pueblo como la Señora de la Misericordia.

El voto del amor dulce: de España al mundo
Para comprender la ternura de su mirada, es menester viajar al siglo XIII, cuando el Medite-rráneo lloraba en silencio. Cautivos en oscuras prisiones, miles de hombres padecían la cadena y el azote, temiendo que el cielo se hubiese olvi-dado de sus almas

Imagen: www.museodelprado.es

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Pero el Amor Infinito jamás abandona. En la calurosa noche del 2 de agosto de 1218, la Virgen extendió su manto de estrellas sobre la angustia de un humilde comerciante, San Pedro Nolasco. Con una voz dulcísima que disipó toda tiniebla, le encomendó una misión sublime: fundar una orden capaz de dar la vida por la libertad de los hombres. Así floreció la Orden Real y Militar de la Redención de los Cautivos.

El rostro más dulce y compasivo de la Gracia

Imagen:co.pinterest.com, Por P Juan Carlos Jaramillo Zuluaga

 Los frailes mercedarios no solo ofrecieron oro, sino el voto sublime de su propia vida, dispuestos a quedarse encadenados con tal de redimir al hermano sumido en las sombras.
En la noche colonial, los desposeídos y esclavos hallaron en Ella a su dulce Mama Negra, la Reina de la Libertad que no mira la piel, sino las prisiones del corazón. Su mismo nombre, Merced, resuena en la eternidad como un poema que significa perdón, caricia, gracia y misericordia infinita.

Generala de la Paz y Estrella del Li-toral
El romanticismo de su devoción ha acompañado la épica historia de la liber-tad. El General Antonio José de Sucre, sintiendo el peso de la libertad americana en el Pichincha, confió el destino de sus soldados a las manos maternales de la Virgen. Y tras alcanzar la ansiada victoria en 1822, depositó a sus pies su espada de conquistador, rindiendo la fuerza ante el amor de la verdadera Generala y Patrona de la Nación.
Del mismo modo, en las lejanas tierras de Tucumán, el General Manuel Belgra-no contempló extasiado la mirada de la Virgen el 24 de septiembre de 1812, en-tregándole su bastón de mando tras un milagroso triunfo.
Pero es en el rumor de las olas donde la Virgen de la Merced se viste de poesía marinera. Proclamada Patrona del Litoral, los sencillos pescadores engalanan sus barcas sobre las aguas doradas del océa-no. En una procesión que parece flotar sobre el espejo del mar, llevan en andas a su Madre, la Estrella de la Fe, pidiendo su bendsición para sus redes y la calma ante la tempestad.

El Refugio Eterno del Alma
Nuestra Señora de la Merced no es solola protectora de quienes sufren el cautive-rio físico; es, ante todo, la amada del alma que rompe las cadenas del miedo, la soledad y la desesperanza.
Desde Barcelona hasta los Andes, desde las playas del Pacífico hasta el corazón de las pri-siones, la Virgen de la Merced permanece con sus brazos abiertos, vestida de blanco impoluto. Su presencia es una eterna promesa de amor: la certeza de que no hay calabozo ni dolor que no pueda ser iluminado por la luz de su misericor-dioso y dulcísimo corazón.

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