Memorias

San Gregorio Magno-Memoria 3 de septiembre

Fue el prefecto de la ciudad, un puesto en el que se ganó el respeto y estimación de los ro-manos, desarrollando su aprecio por el orden en la administración de los negocios.
Aunque Gregorio cumplía fiel y honrosamente sus funciones, desde hacía tiempo se sentía lla-mado a una vocación superior, hasta que por fin resolvió apartarse del mundo y consagrarse al servicio de Dios. Era uno de los hombres más ri-cos en Roma, pero lo dejó todo para recluirse en su casa del distrito de Clivius Scauri, convirtién-dola en monasterio bajo el patrocinio de San An-drés y poniéndola al cargo de un monje llamado Valentius, a quien Gregorio calificó en sus escri-tos como “el superior de mi monasterio y de mí mismo”. Los pocos años que el santo pasó en su retiro fueron los más felices de su vida, aunque el exceso de sus ayunos le acarreó complicacio-nes gástricas, que originaron la dolencia que lo atormentó por el resto de su vida.
No era posible que un hombre con el prestigio y el talento de San Gregorio permaneciera en la obscuridad en aquellos tiempos agitados, y no tardaron en ordenarle séptimo diácono de la Iglesia Romana para enviarle corno “apocrisia-rius” papal o embajador ante la corte bizantina. El contraste entre la magnificencia de Cons-tantinopla y la condición miserable de Roma no podía dejar de impresionar al santo; pero encontró la etiqueta de la corte fatigosa y las intrigas repugnantes.
Tuvo la gran desventaja de no saber griego y cada vez más se entregó a una vida de reti-ro junto con varios monjes de San Andrés que la acompañaban. En Constantinopla conoció a San Leandro, obispo de Sevilla, con quien trabó una amistad de por vida y, a cuya petición co-menzó un comentario sobre el Libro de Job, que más tarde terminó en Roma y que generalmente se conoce como su “Moraba”. La mayoría de las fechas en la vida de San Gregorio son inciertas, pero probablemente fue a principios del año 586 cuando le llamó a Roma Pelagio II. Se reinstaló inmediatamente en su puesto de diácono en su 

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monasterio de San Andrés, del cual pronto se convirtió en abad.
San Gregorio caminaba un día por el mercado, cuando advirtió a tres niños de pelo rubio y tez blanca que se exhibían para ser vendidos como esclavos. El santo se interesó por su nacionali-dad. “Son anglos (o angli)” fue la respuesta. “Su nombre es apropiado”, dijo el santo, “porque tie-nen rostros de ángel y se necesita ser así para gozar de la compañía de los ángeles en el cielo”.
Cuando supo que eran paganos, preguntó de qué provincia venían. “Deira”, le respondie-ron —”¡De ira!” exclamó San Gregorio. “Sí; cier-tamente han sido salvados de la ira de Dios y llamados a la misericordia de Cristo. ¿Cómo se llama el rey de ese país?” —”Aella” —”Entonces el aleluya debe cantarse en la tierra de Aella”. Quedó tan fuertemente impresionado por la belleza de las criaturas y tan conmovido por su ignorancia de Cristo, que resolvió predicar el Evangelio en Bretaña y partió en seguida con varios de sus monjes. Sin embargo, cuando el pueblo romano supo de su partida, elevó tales protestas, que el Papa Pelagio mandó enviados para hacerlo regresar.

Las Misas Gregorianas para difuntos tie-nen su origen en este período. Justus, uno de los monjes que estaba enfermo, confesó haber guardado tres coronas de oro y el abad prohi-bió severamente a los hermanos tener contacto con él y visitarlo en su lecho de muerte. Cuando murió, fue excluido del cementerio de los monjes y enterrado en un muladar junto con las piezas de oro. Sin embargo, como murió arrepentido, el abad ordenó que se ofrecieran misas durante treinta días para el reposo de su alma y se tiene el propio testimonio de San Gregorio de que, al término de ese período, el alma del difunto se le apareció a Copiosus, su hermano natural, ase-gurándole que había estado atormentado, pero que ahora se encontraba libre.
Entre tanto, en Roma se sucedían las calami-dades: a las frecuentes inundaciones causadas por el desbordamiento del Tíber, siguió una terri-ble epidemia de peste que diezmó a la población y, en el año 590, arrebató la vida al Papa Pelagio. El pueblo escogió a Gregorio como nuevo Pon-tífice y el santo, como primera medida para aca-bar con la peste, organizó una grandiosa proce-sión litúrgica por las calles de Roma.
Gregorio les infundía valor, hablándoles sin cesar para pedirles “que no dejaran de orar”. La fe de la población se vio recompensada, porque después de aquel acto, la plaga disminuyó rápi-damente, hasta desaparecer. Así nos lo informan los escritores contemporáneos, pero ningún his-toriador menciona la aparición del arcángel Mi-guel blandiendo su espada en la cima del mau-soleo de Adrián, mientras pasaba la procesión, como lo afirma la leyenda. Sin embargo, esta fábula fue tomando fuerza creciente y el pueblo llegó a aceptar el hecho como real, hasta el pun-to de que para conmemorarlo, erigieron sobre el mausoleo de Adrián, la estatua del Arcángel que, hasta nuestros días remata la torre del cas-tillo de Sant’Angelo, nombrado así en honor de San Miguel, desde el siglo X.
Aunque Gregorio desde entonces se dedicó a asistir a sus conciudadanos, sus inclinaciones

seguían la dirección de una vida de contempla-ción y no tenía ninguna intención de ser Papa, si lo podía evitar: le escribió al emperador Mauricio pidiéndole que no confirmara la elección; pero según nos cuenta Gregorio de Tours: “Mientras estaba preparándose para huir y esconderse, fue detenido y llevado a la Basílica de San Pedro y allí se le consagró para el cargo pontificio; fue pre-sentado como Papa al público que lo aclamaba”. Lo anterior tuvo lugar el 3 de septiembre de 590.
Desde el momento en que asumió el cargo de Papa, se impuso el doble deber de catequizar y cumplir con la disciplina.
También como predicador se destacó San Gregorio. Gustaba de predicar durante la misa, escogiendo de preferencia temas del Evangelio del día y, hasta nosotros han llegado algunas de sus homilías, llenas de elocuencia y sentido común, terminadas con una enseñanza moral que podía adaptarse a cada caso.
De toda su labor religiosa en occidente, la que estaba más cercana a su corazón era la conver-sión de Inglaterra y el éxito que coronó sus es-fuerzos, encaminados hacia esta dirección fue para él, como necesariamente lo es para los in-gleses, el mayor triunfo de su vida.
Se le reconoce a San Gregorio la compilación del Antiphonario, la revisión y reestructuración del sistema de música sacra, la fundación de la famosa Schola cantorum de Roma y la composi-ción de varios himnos muy conocidos. Aunque esos derechos le han sido discutidos, cierta-mente que tuvo una influencia considerable en la liturgia romana. Pero su verdadera obra se proyecta en otras direcciones. Se le venera como el cuarto Doctor de la Iglesia Latina, por haber dado una clara expresión a ciertas doc-trinas religiosas que aún no habían sido bien definidas. Por varios siglos, la última palabra en teología era la suya, aunque más que teólogo era un predicador popular, catequista y moralis-ta. Quizá su mayor labor fue el fortalecimiento de la Sede Romana.

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