CORPUS CHRISTI-3 de Junio

Solemnidad 3 de Junio.

P. Carlos E. García Llerena, CJM

Quiero compartirles, una experiencia  vivida en mi juventud, en mi primer amor  con Jesús, después de algunos años de agnosticismo e indiferencia religiosa.
Durante toda mi vida de “católico” me  habían “informado” de Jesús y de la  Iglesia, me habían llenado de mucha  catequesis, pero nunca me habían llevado a los pies de Jesús. Era difícil amar a  quien yo no conocía. En la adolescencia,  Dios se convirtió en un estorbo para la  diversión. Situación que se agudizó en mis  primeros años de vida universitaria.  
Como no pretendo contarles todo mi  testimonio, sino mi redescubrimiento del  valor de la Eucaristía, les resumo que a  través del testimonio de mi hermano  gemelo, que tuve la oportunidad de tener  una experiencia personal con Jesús, y de  integrarme a la experiencia de fe  comunitaria vivida en los grupos de  oración de la Renovación Carismática Católica. Bendita Renovación, que no  solamente me trajo de nuevo a la Iglesia  sino que, bajo su espiritualidad, me hice  sacerdote.
Transcurría el año de 1980 cuando, con  ese hambre de querer  conocer más al  Señor, llegó a la ciudad de Lima, la  experiencia de los “Campamentos de Fe y  Oración” (CFO); traídos a Suramérica por  la Hna. Georgina Gamarra, misionera  Maryknoll, retiros ecuménicos de régimen  cerrado (3 días), dictados por un  pastor evangélico y un sacerdote  católico.  Cabe aclarar que el retiro  contaba con la aprobación de las  respectivas autoridades eclesiásticas y en  él participaron varios sacerdotes.  Recuerdo entre ellos al P. Gerardo Alarco de Lima y a los PP. Humberto Muñoz y  Jean Marie, venidos  de Santiago de Chile  e interesados en llevar el CFO a la ciudad del Mapocho.

El día que una evangélica
me enseñó el valor de la

Eucaristía

Foto: Cristo de Raúl Barzosa
Foto: colección de Roxana Soledad, Pinterest

En los CFO se vivía un verdadero espíritu  ecuménico, que no consistía en callar o  negar las diferencias, sino en aceptarlas y  respetarlas.
Tanto era así que por las mañanas los  católicos que participábamos en él,  teníamos nuestra Eucaristía diaria,  mientras los hermanos evangélicos tenían  en otro salón, su devocional  matutino.
Sin embargo, un gesto que me llamó la  atención fue constatar que algunos  hermanos evangélicos preferían  acompañarnos en nuestra Eucaristía, que  participar en su devocional. Después del  desayuno, todas las actividades se hacían  en común.
Se vivía un verdadero espíritu de gracia,  amor y convivencia. Pero en la mañana  del último día que tendría una experiencia  que me marcaría para  siempre y que aún no he olvidado,  después de 25 años de haberla vivido.
El P. Vicente, celebraba la Eucaristía y todo se desenvolvía normalmente, hasta  el momento de la comunión. Cuando  regresé a mi banca, constaté que la Sra.  Bárbara Shanon, esposa del misionero evangélico norteamericano Allan Shanon,  quienes servían en el Perú, a través del  ILV (Instituto Lingüístico de Verano,  dedicado a traducir el Evangelio en las  lenguas indígenas de la amazonía),  lloraba desconsoladamente en los  hombros de su marido. Como aún no  llegaba a comprender lo que ocurría, le  pregunté a mi amiga Nora de Pestana:
¿Qué le ocurre a Bárbara Shanon? ¿Por  qué llora?
Nora volteó la cara hacia ellos y  me dijo:
“¿Es que no te das cuenta?”
Yo volví a ver Bárbara, tratando de  encontrar la causa, y sorprendido porque  no era capaz de descubrir lo que para  Nora parecía tan evidente; le volví a  inquirir: 
– No, no entiendo la causa de su llanto.
La respuesta que me daría Nora, me ha  dejado deslumbrado hasta el día de hoy:
“Ella llora, por que NO PUEDE  COMULGAR, por que ama al Señor, nos  ama a nosotros los católicos, pero no  puede comulgar porque la Iglesia Católica  la reserva exclusivamente a los bautizados  católicos y Bárbara no lo es”.
Hasta el día de hoy las palabras de Nora  Pestana resuenan en mi memoria y en mi  corazón. Bárbara lloraba porque no podía  recibir la Eucaristía, cuando en el mundo,  miles de millones de católicos que pueden  hacerlo, no lo hacen, por pereza,  por desidia, por indiferencia; y ¡aquí, hay  una mujer que ama a Cristo y que sin  embargo le es negada la comunión!
Es increíble, esa mañana de verano del  1980 una mujer evangélica me había  dado, sin quererlo y ¡aún sin saberlo, ¡el  testimonio más grande que he recibido de  amor a la Eucaristía!
Mi querido hermano, tú que lees estas  líneas, que eres un bautizado católico y  tienes el don y el privilegio de recibir al  Amor de tus Amores, todos los días en la  Eucaristía, ¿Lo estás haciendo? Te das el  lujo de permitir que un pecado te aleje de  la comunión y dejas pasar días,  sino  meses y hasta años sin comulgar, cuando  a otros les es negado ese privilegio. ¿Te  das cuenta de lo que eso significa?
Nuestro Señor Jesucristo lo dijo claramente:

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.
Si uno come de este pan, vivirá para siempre;
y el pan que yo le voy a dar,
es mi carne por la vida del mundo”.
Discutían entre sí los judíos y decían:
“¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”
Jesús les dijo:
“En verdad, en verdad os digo:
si no coméis la carne del Hijo del hombre,
y no bebéis su sangre,
no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna,
y yo le resucitaré el último día”.
                                                               Juan 6, 51-54

Querido lector, el versículo que quiero  resaltar es el 54. En él categóricamente Nuestro Señor Jesucristo nos dice que LA  VIDA ETERNA y la RESURRECCIÓN del  último día, están íntimamente ligados con la recepción de la Eucaristía. Recibirla es  garantizar la Vida Eterna.
Pero este versículo, al afirmar una verdad  tan radical, también nos habla de su  defecto: Descuidar la recepción de la  Eucaristía, por cualquier motivo, pone en  riesgo nuestra Salvación y la vida Eterna.  ¡Habías caído en la cuenta de esta verdad  tan importante!
No busco con esto que te acerques a la  comunión por temor a la condenación,  porque sería lo más lejano al objetivo que  tuvo nuestro Señor con su institución. La  Eucaristía es el mayor signo de su amor, dar la vida por nosotros.

Como lo afirma la Encíclica ECCLESIA DE EUCARISTIA:
Con razón ha proclamado el Concilio  Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es  “fuente y cima de toda la vida cristiana”.  “La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene  todo el bien espiritual de la  Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra  Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los  hombres por medio del Espíritu Santo”.  Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige  continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre  la plena manifestación de su inmenso  amor. (E.E. 2)

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