Un perenne Pentecostés – 23 de Mayo

La mayor necesidad de la familia de hoy

Un perenne Pentecostés

“En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el ‘agua viva’ de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo”.

Ha coincidido la Solemnidad de Pentecostés con la celebración del “Mes de la familia” en nuestra Arquidiócesis, por ello el título de este artículo: la mayor necesidad de la familia de hoy es vivir en un perenne Pentecostés. Veamos por qué lo afirmo sin temor a equivocaciones.

Jesús nos llamó a todos a un estilo de vida diferente Veamos lo que Él mismo nos dijo:
Jn 15, 12-17: “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca; de modo que todo lo que pidan al Padre en mi nombre se lo conceda. Lo que les mando es que se amen los unos a los otros”.
Como lo podemos leer, el estilo de vida diferente es: amarnos; y el modelo que tenemos es Cristo Nuestro Señor. Hasta aquí creo que todos estamos de acuerdo, también en que la familia es el lugar privilegiado para aprender “amar” y “amarnos”.
En el mundo de hoy una de los mayores problemas son las fuentes de energías, falta fuerzas para hacer “mover las cosas”, lo mismo pasa en nuestra vida espiritual, conocemos nuestros deberes, lo que tenemos que hacer, el mandato de Nuestro Señor Jesucristo “el amarnos”, el problema es tener la fuerza de hacerlo.

La Pentecostés, Francisco de Zurbarán Museo de Cádiz

¿De dónde nos viene esa fuerza para movernos a amar como Cristo nos amó?
El Señor Jesús conoce nuestra debilidad, nos conoce bien, tal como conoció a los Apóstoles que necesitaban esa fuerza para poner en práctica todo lo que el Señor les había enseñado en esos tres años de convivencia.

Y mira lo que dice a los apóstoles:
Jn. 14, 16: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito que permanecerá siempre con Ustedes”.
Paráclito significa “Aquel que está a lado nuestro”, el que nos ayuda y asiste, el que nos consuela y guía, ese es el Espíritu Santo. Miremos lo que nos revela la Palabra de Dios sobre el Paráclito:
Hec. 1, 8: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.
Ahora bien, el Señor Jesús envió al Espíritu Santo, para que nos haga testigos, es decir que, para ser discípulos del Señor debemos recibir la fuerza del Espíritu Santo, que nos impulsa actuar como cristianos, que no es otra cosa que “amar como Él nos amó”; que bien podemos afirmar esa es la finalidad del cristiano: vivir como vivió Cristo.
Jn. 14, 26: “Para enseñarles y recordarles todo lo que Yo les he dicho”
Es el Espíritu Santo que nos enseña cómo nos ama Dios y cómo amar, es Él quien nos recuerda lo que el Señor nos pide que vivamos.
Jn. 16, 13: Y conducirlos hasta la verdad completa.
Es el Espíritu Santo que nos conduce a la verdad, nos revela el camino a seguir. Nos lleva al encuentro con el Señor Jesucristo.
El Espíritu Santo imprime en nosotros la imagen de Cristo. No solo nos hace parecernos a Cristo, o actuar más o menos como actuaba Él; sino que realmente nos transforma en Él.
Veamos lo que nos dice Iglesia a través del Catecismo de la Iglesia numeral # 736: Gracias a este poder del Espíritu Santo, los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos “el fruto del Espíritu, que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza” (Ga 5, 22-23).
“El Espíritu es nuestra Vida”: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (Mt 16, 24-26), más “obramos también según el Espíritu” (Ga 5, 25).
El Espíritu Santo santifica toda la existencia del hombre. Comunica la santidad a las familias.

Después de recorrer brevemente las santas Escrituras sobre la acción del Espíritu Santo, no cabe duda que para poder poner en práctica el mandato del Amor, necesitamos al Paráclito, sin Él estamos perdiendo el tiempo. Ahora esto lo podemos relacionar con las familias, ¿deseamos tener familias santas? Entonces cada uno de los miembros, deben tener esta relación especial con aquel que comunica la santidad y hace posible que nos amemos como el Señor nos amó. Está claro que la mayor necesidad de la familia de hoy es vivir en un perenne Pentecostés.
Hermanos, no es el Espíritu Santo una ayuda poderosa y eficaz, accidental o secundaria para la perfección; sino que es el Santificador de las almas, la fuente de todas las gracias y el centro de la vida espiritual de todos los cristianos.
Por tanto, la devoción al Espíritu Santo es algo esencial y profundo que deben comprender y vivir todas las almas y más especialmente aquellas que buscan la perfección.
Deseo terminar con las palabras del Papa Francisco en la Exhortación Apostólica “Alegraos y Regocijaos” # 15: “No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida” (Ga 5, 22-23).
Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: “Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco más santo”. En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad, “para que tu familia sea santa”.
La familia necesita la llama permanente del Espíritu Santo para ser fermento en esta sociedad actual, te invito a invocarle:

¡Ven Espíritu Santo! Fluye de mi corazón y de nosotros toma absoluta y radical posesión, haz de nuestras familias cenáculos de amor, por Jesucristo nuestro Señor y Salvador. Amén.

Por Lic. Cristóbal Flores B.

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