“El llanto del hombre en Dios” – 25 de diciembre

“La Divinidad se halla siempre donde menos se espera encontrarla”.

¿Por qué ir a Belén?
José recibe la orden de empadronarse en el pueblo de su familia, y este era Belén, de la familia de David.
César Augusto, es el signo de cómo Dios usa a los hombres para cumplir sus planes y sacar bienes para sus hijos. En Roma, junto al Tíber hay un templo que se llama el “Ara Pacis Augustana”. Es un monumento que hizo erigir para conmemorar que después de tanto tiempo, Roma tenía paz en todas sus fronteras. Él no sabía que era un momento providencial, para el Nacimiento de nuestra Paz: “El Será llamado Rey de Paz”, había dicho Isaías: “Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre «Maravilla de Consejero», «Dios Fuerte», «Siempre Padre», «Príncipe de Paz». Grande es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia” (9,5-6).
También estaba actuando para Dios al mandar este censo, pues preparaba el cumplimiento de la profecía de Miqueas que decía: “Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir Aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño” (5,1).
José se pone en marcha, y María, aunque no estaba obligada, lo acompaña. Estaba ya con la gravidez muy avanzada, casi los 9 meses.

¿Cómo era el camino a Belén?
El camino a recorrer es de 150 kilómetros, que se hace en unos cuatro días, y para todo buen Israelita estaba sembrado con los recuerdos más tradicionales. Debían pasar por una buena parte de la Galilea, luego atravesar la Samaría y finalmente una parte de Judea. ¡Cuántas cosas habían sucedido en esas tierras que José y María miraban ahora con ojos nuevos! En esos lugares Eliseo había hecho milagros, Jezabel había manchado al pueblo con sus crímenes; en los montes que dejaban a su izquierda, los de Gelboé, había muerto Saúl y Jonatán; en Siquem se tenían que detener a sacar agua del pozo excavado por el Patriarca Jacob; tenían que pasar por Silo, donde muchos años estuvo el Arca de la Alianza. Era el tiempo de las lluvias y aunque el invierno no es como el nuestro, si no de mucho frío y es incómodo y molesto.

“Más tú, Belén…”
José y María llegaron a Belén. Ciudad pequeña. San Lucas dice con tristeza: No había lugar para ellos en la posada. La posada era el “caravanserallo”, un lugar donde todos hacían noche. Cuando llegaron estaba lleno. Y no hubo un lugar para María, que estaba ya a punto de dar a luz. Tampoco hubo lugar para ellos en las casas de los parientes de José; como lo esperaba.
Dice San Juan en su Prólogo: “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. En vano buscó un sitio donde pudiera nacer aquel a quien pertenecen el cielo y la tierra. ¿Sería posible que el Creador no encontrara un hogar en la creación? Había sitio para los soldados de Roma, que brutalmente habían juzgado al pueblo judío; había sitio para las hijas de los ricos mercaderes orientales; había sitio para aquellos personajes ricamente vestidos, que vivían en los palacios del rey; había sitio en realidad para todo aquel que tuvo una moneda que entregar al posadero; mas no lo había para quien venía a ser la Posada de todo corazón, que estuviera sin hogar en este mundo.
Por eso, cuando el libro de la historia esté completo hasta la última palabra en lo temporal, la frase más triste de todas será la siguiente: «No había sitio para ellos».

El pesebre
Sí, en el sitio más repugnante del mundo, había nacido la Pureza, Aquel que más tarde habría de ser sacrificado por hombres que actuaban como bestias, nació entre bestias. Aquel que habría de denominarse a sí mismo «el Pan de la vida que descendió del Cielo», fue colocado en un pesebre, que es precisamente el lugar en que comen las reses.
El establo es el lugar de los proscritos, de los oscuros, de los olvidados. Un establo era el último lugar del mundo en que podía ser esperado el Hijo de Dios. Sin embargo, “La Divinidad se halla donde menos se espera encontrarla”. Y esta es precisamente la razón por la que muchos no quieren confiar en Él, no quieren ver a Jesús en el Pesebre, no quieren ver a Jesús en la Cruz; no quieren ver a Jesús en el niño o en el anciano, en el hombre y en la mujer que necesita; ni en el pobre ni en el enfermo…“La Divinidad se halla siempre donde menos se espera encontrarla”.

¿Qué pensaba José?
En el dolor, en las preocupaciones y angustias al ver que no puede conseguir nada para su esposa, que dará a luz al Hijo de Dios. Meses atrás María fue acompañar a su anciana Prima, en su parto; pero ahora están solos aislados, sin familia, sin amigos. El gran dolor de José que había sido designado por Dios, como custodio de la Virgen, y no puede conseguirle un lugar para el parto. ¿Habrá fallado en su misión? María lo alienta para que vayan a ese establo. Dios no les ha revelado nada; pero Ella intuye que el Niño ha preparado todo para nacer de ese modo, en ese lugar, en esas circunstancias, para empezar a dar ejemplo, para atraer a las almas generosas que no tienen miedo ni asco de asumir libremente la pobreza, la miseria, el dolor, las
limitaciones, la soledad y el desprecio por amor.

El nacimiento del Señor
Y estando allí dio a luz un hijo y lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre. Así se relata el nacimiento de Dios. El parto fue virginal y milagroso, como fue virginal y milagrosa la concepción del Hijo de Dios. No hubo dolor ni parecido con los partos humanos. Santo Tomás dice, siguiendo a San Agustín: “el Niño nació de Ella como la luz atraviesa el cristal, sin dañarlo”.
¿Cómo no confiar? ¿Cómo no vamos a pensar que todo se soluciona con el llanto del hombre en Dios?
La Navidad es una manifestación y un germen. En ella se celebra la aparición en el mundo exterior visible del «Hijo de Dios humanado». Cuando con toda sencillez cristiana nos deseamos en Navidad que Jesús «nazca en nuestros corazones», estamos deseando que se desarrolle en ellos esa vida, que se imponga en nuestras almas Jesucristo, y que su gracia no quede en nosotros estéril. Que se multiplique en nuestro pecho su nacimiento y nos encienda y nos abrase con Él.
San Lucas nos relata que mientras esto ocurría en la gruta, en el campo, allí muy cerca, el ejército de los ángeles se aparecía a los pastores que cuidaban sus rebaños y le anunciaban el gran misterio.

Paz a los hombres. Acaba de llegar la Paz. “Será llamado Rey de Paz”. ¿En quién más podemos confiar?
Por eso el Papa Francisco unas Navidades pasadas nos decía: “Sólo El, sólo Él nos puede salvar. Sólo la misericordia de Dios puede liberar a la humanidad de tantas formas de mal, a veces monstruosas, que el egoísmo genera en ella. La gracia de Dios puede convertir los corazones
y abrir nuevas perspectivas para realidades humanamente insuperables”.
¡A vivir en la alegría, fruto del Espíritu Santo, y del Hijo de Dios Nacido! Como anunció el Ángel a los pastores: …os traigo una buena nueva, una gran alegría que es para todo el pueblo (Lc 2,10); es la alegría de la Virgen María, “causa de nuestra alegría”. (Lc 1,28) por eso, todas las generaciones la llamaron y la llamarán: bienaventurada (Lc 1,48), feliz en sumo grado.

“Los hombres decían cantares, los ángeles melodía, festejando el desposorio que entre tales dos había. Pero Dios en el pesebre allí lloraba y gemía, que eran joyas que la esposa al desposorio traía. Y la Madre estaba en pasmo de que tal trueque veía: el llanto del hombre en Dios, y en el hombre la alegría, lo cual del uno y del otro tan ajeno ser solía”.

Que esta Navidad este llena de amor y confianza en ese Niño, Dios y hombre.

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