San Ignacio de Antioquía – 17 de octubre

el primero en nombrar “Católica” a la Iglesia

San Ignacio, que fue el tercer obispo de Antioquía, del año 70 al 107, fecha de su martirio.
En aquel tiempo Roma, Alejandría y Antioquía eran las tres gran des metrópolis del imperio romano. El concilio de Nicea habla de tres “primados”: el de Roma, pero también Alejandría y Antioquía participan, en cierto sentido, en un “primado”.
San Ignacio era obispo de Antioquía, que hoy se encuentra en Turquía. Allí, como sabemos por los Hechos de los Apóstoles, surgió una comunidad cristiana floreciente: su primer obispo fue el apóstol san Pedro —así nos lo dice la tradición— y en ese sitio “por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (Hch 11, 26).
De camino a su martirio en Roma, San Ignacio iba animando a las iglesias de las diversas ciudades. Orientó siempre hacia la unión con Cristo, y se definió como “un hombre al que ha sido encomendada la tarea de la unidad”.
Ningún Padre de la Iglesia expresó con la intensidad de san Ignacio el deseo de unión con Cristo y de vida en Él. Por eso, hemos leído el pasaje evangélico de la vid, que según el Evangelio de san Juan, es Jesús. En realidad, confluyen en san Ignacio dos “corrientes” espirituales: la de san Pablo, orientada totalmente a la unión con Cristo, y la de san Juan, concentrada en la vida en Él.
En la literatura cristiana san Ignacio fue el primero en atribuir a la Iglesia el adjetivo “católica”, es decir, “universal”: “Donde está Jesucristo —afirma— allí está la Iglesia católica” (Carta a los cristianos de Esmirna, VIII, 2).

Y precisamente en el servicio de unidad a la Iglesia católica la comunidad cristiana de Roma ejerce una especie de primado en el amor: “En Roma ella, digna de Dios, venerable, digna de toda bienaventuranza… preside en la caridad, que tiene la ley de Cristo y lleva el nombre del Padre” (Carta a los romanos, prólogo).
Como se puede ver, san Ignacio es verdaderamente “el doctor de la unidad”: unidad de Dios y unidad de Cristo (a pesar de las diversas herejías que ya comenzaban a circular y separaban en Cristo la naturaleza humana y la divina), unidad de la Iglesia, unidad de los fieles “en la fe y en la caridad, a las que nada se puede anteponer” (Carta a los cristianos de Esmirna, VI, 1).
En definitiva, el “realismo” de san Ignacio invita a los fieles de ayer y de hoy, nos invita a todos a una síntesis progresiva entre configuración con Cristo (unión con él, vida en él) y entrega a su Iglesia (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y al mundo). Es decir, hay que llegar a una síntesis entre comunión de la Iglesia en su interior y misión-proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una dimensión hable a través de la otra, y los
creyentes estén cada vez más “en posesión del espíritu indiviso, que es Jesucristo mismo” (Carta a los cristianos de Magnesia, XV).
San Ignacio murió devorado por las fieras. Es llamado “Padre Apostólico”, por haber sido discípulo de San Pablo y San Juan. Para concluir, oremos para que el Señor nos ayude a lograr esta unidad y a encontrarnos al final sin mancha, porque es el amor el que purifica las almas. ¡San Ignacio de Antioquía! ¡Ruega por el Ecuador y el mundo entero! Amén.

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